27.9.06

Virtudes Probadas

Shiba Yoshimo permaneció tieso en el patio, con un grupo de Escorpiones a su derecha y otro grupo de Grullas a su izquierda. “He accedido a juzgar este duelo, y todo está en orden. Han sido dados los permisos y las dos partes han aceptado que esto resolverá el asunto. Ninguno deberá sobrevalorar al vencedor ni minusvalorar al perdedor. Será un duelo honorable. ¿Estamos de acuerdo de que será a primera sangre?” Yoshimi habló esperanzado.
La voz de Doji Saori sonó claramente. “A muerte.”
Los ojos de Bayushi Kaneo mostraron su sorpresa, pero no dijo nada. Simplemente asintió levemente.
Yoshimo no intento esconder su desagrado. “Que así sea.”
El Fénix se echó para atrás, dejando a Kaneo y a Saori espacio para moverse.
Una vez que no había oídos para oírle que no fuesen las de su adversario, Kaneo dijo. “¿A muerte por un punto de una negociación? Parece un poco excesivo.”
Saori no dijo nada.
“O, ¿así es como va a ser entonces? No soy ningún idiota. Se que no soy adversario para ti en duelo. ¿Un duelo letal por una disputa de negocios? Podrás ganar aquí, hija de Doji, pero habrá preguntas. La Espada Oscura pedirá respuestas.”
Kaneo fue el primero en moverse. Saori la última.
Mientras limpiaba la sangre de su katana, Saori oyó la declaración de Yoshimi, sin escuchar las palabras. En vez de eso su atención estaba fija en Doji Choshi, que se encontraba cerca del borde del patio, con una leve sonrisa en su cara.
Ninguno de los Grulla vio las chispas en el ojo del gaijin que observaba desde el umbral de la puerta.



“Bien hecho, hermana. Tus habilidades han servido a tu clan admirablemente bien hoy.” Doji Chosi sonreía mientras hablaba, pero la única respuesta que obtuvo de Saori fue una mirada. “¿Qué pasa? Pareces enfadada conmigo.”
“Ese hombre no tenía porque morir. Su insulto no era tan grave como para ello.”
Chosi actuó asombrada. “¿Por qué crees que el honor es algo que va por capas, Saori? Insultó tu honor y también el honor de tu clan.”
“Estaba negociando.” Saori sacudió su cabeza. “Era un acuerdo comercial. Cuando dijo que nuestra oferta era injusta, estaba simplemente buscando una apertura para hacer una contraoferta.”
Chosi bajó la voz. “Aun así tu te ofendiste.”
Saori bajó la cabeza. “Por que me convenía. Una vez que le hubiese ganado en el duelo ya no podría presentar su contraoferta; lo más probable es que nuestros términos fuesen aceptados.”
“Aun así insinúas que te pedí que hicieses algo inaceptable, cuando era tu propia idea.”
Los ojos de Saori brillaron de cólera. “Le habría vencido sin matarlo.”
Choshi pareció pensativa.”¿Tú crees? Kaneo era un Escorpión. ¿Crees realmente que no habría encontrado otra manera para retorcer el acuerdo en su beneficio? Ahora no puede y tendremos nuestro acuerdo.”
“Entonces un hombre muere por arroz, y yo soy una asesina en vez de un samurai.”
“No es la primera vez que alguien muere por arroz, Saori-san. Y no será la última. Hiciste tu deber como Grulla. No te condenes por ello.”
Saori asintió. “Deber y honor.”



Saori andaba por los jardines de Nikesake. Eran bonitos, pero no tanto como los que había cerca de su hogar. La belleza la ayudaba a olvidar la fealdad asociada con las cortes. Mientras miraba su reflejo en una fuente quieta se dio cuenta que, esta noche, la belleza tenia una dura batalla.
“Ah, hola Doji-sama.”
La voz la asustó y la sacó fuera de su ensueño. Reconoció el extraño acento inmediatamente, incluso antes de que el atractivo extranjero se pusiese a la vista.
“Buenas tardes, Capitán Garen. No le había visto.”
“Vengo aquí a menudo, pero no suelo mantenerme a la vista. Se que muchos vienen aquí a reflexionar y no quería molestarla.”
“No se preocupe Capitán. Es mejor dejar algunas reflexiones para otro momento.”
“En ese caso ven y únete a mi. Sería para mi un gran honor disfrutar de su compañía.” Garen se movió hacia dos bancos rodeados de arbustos floridos.
“Gracias por la invitación. Será un placer.” Saori siguió la mano de Garen y se sentó en uno de los bancos. Garen la siguió y se sentó cerca, pero sin tocar.
“Vi su duelo hoy.” Garen vio que Saori giraba levemente hacia el otro lado y continuó. “Tiene mucho talento.”
“Nunca hubo lugar a duda de que ganaría. Kaneo era muchas cosas, pero no era un buen duelista.”
Garen movió su cabeza. “Entonces ¿por qué acepto el duelo si significaba su muerte?”
“No tenía porque. El insulto se podía haber vengado a primera sangre.”
Por un momento Garen leyó la expresión de la cara de Saori y luego dijo, “El Bushido no permite eso, ¿verdad?”
La Grulla miró de vuelta a Garen por la primera vez desde que había mencionado el duelo.”El Bushido no permite muchas cosas. Pero pide otras cosas de ti. ¿Qué sabes tú del Bushido?”
“Solo lo que he aprendido. Se de las virtudes, que también están consideradas virtudes de allá donde vengo. La diferencia es que no son las únicas virtudes que me han enseñado. Pero son buenas, aunque un poco extrañas a veces.”
“¿A qué te refieres con extrañas?”
Garen se encogió.”Te dicen que vivas siguiéndolas siempre, pero a veces se contradicen entre ellas. No hay nada raro en ello. Esas son las decisiones que hacen de cada uno quien somos. Solo que los samuráis declaráis que debéis seguir el Bushido en todo momento. Simplemente no veo como eso es posible.”
Saori se estiró levemente. “Eso es por que no eres samurai.”
“Cierto. No lo soy. Pero, aún así, ¿podría explicarme Honradez y Sinceridad? ¿Cómo puedes tener una regla que te dice que siempre tienes que ser sincero, no importa lo que digas, mientras que otra te dice que siempre tienes que decir la verdad? Si siempre dices la verdad, ¿por qué tendrías que preocuparte sobre la sinceridad? La verdad es siempre sincera ¿no?”
“Es una manera simplista de ver las cosas.”
“Bueno, soy un hombre simple. Habiendo vivido tanto tiempo abordo de un barco te lleva a ver las cosas de una manera más directa.”
Las comisuras de los labios de Saori se elevaron un poco. “Vivir como un samurai no es tan simple.”
Garen rió. “En eso estamos de acuerdo. Pero está claro que es interesante aprender. Verás, una de las otras cosas que valoramos allá donde vengo es el Conocimiento, cuanta más información tienes más razonadas y razonables serán tus elecciones. El Conocimiento es la llave hacia la sabiduría, eso siempre me han dicho.”
“Exacto.” Garen prosiguió. “¿Habría actuado Kaneo de otra forma si hubiera sabido que ibas a pedir su cabeza? Ese era un conocimiento que no tenía, y que claramente necesitaba.”
Saori sonrió afectada. “Él no es el único que hubiera actuado de forma diferente si...” se detuvo. “El conocimiento no hace ningún bien si lo que sabes se enfrenta con tu deber.”
“Ah, pero sí lo hace. Hoy cumpliste con tu deber, pero ese deber le costó su cabeza sólo porque tú lo permitiste, ¿no? Si hubieras manejado el incidente con Kaneo de forma diferente, no se te habría pedido que realizaras unas acciones con las que evidentemente no estabas de acuerdo.”
Los ojos de Saori se agrandaron. “Mostráis gran presunción, Capitán.”
“¿Pero estoy equivocado?”
Saori pensó por un momento antes de decir suavemente. “No lo estáis. Sois bastante observador, Garen-san. Has sabido ver la situación y leer correctamente mis pensamientos. Veo por qué dices que el conocimiento es tan importante.”
“Avisado y preparado y eso es todo. Es más que simple conocimiento, creo. También me enseñaron que tener perspectiva es una gran virtud. El conocimiento son sólo los datos. Ser capaz de ver la verdad tras los datos es una cosa completamente diferente.”
“Ya veo. Aun así, esas virtudes no pueden sustituir al bushido. No puedo dedicarme al conocimiento y a la perspectiva en detrimento del honor y el deber. Hay ciertas cosas que un samurai no puede ignorar.”
Garen miró directamente a sus ojos. “¿Cómo compasión? ¿Cortesía?”
Ella encontró su mirada impenetrable. “Esas cosas son parte del Bushido.”
“Aun así, mostraste poca cortesía cuando no le avisaste por anticipado para que pudiera prepararse antes del duelo.”
“Me insultáis, capitán. No creo que sea vuestra intención.”
“Es la última cosa que querría hacer, créeme. No soy samurai. Solo estoy señalando que hay un conflicto entre cortesía y deber. Tenías que hacer una elección y la hiciste. No hay vergüenza en ello. Luchas por adherirte a un código lleno de contradicciones. Igual que el problema entre honestidad y sinceridad, hay conflictos inherentes al bushido que debes asumir para no volverte loco. Estoy convencido que esos conflictos son los que llevan a algunos samurai a seguir las tinieblas. Se vuelven perdidos porque no pueden encontrar respuestas en el bushido.”
“Me enseñaron que todas las preguntas tienen respuesta en el bushido.” Saori miró a Garen pero parecía un poco triste tras su declaración. “Pero has sacado a la luz algunas preguntas interesantes.”
“Me encantaría hablar más profundamente, si me lo permitís.”
Saori sonrió. “Puede que mañana me encuentre caminando por aquí por la noche a la misma hora.”
Garen sonrió feliz.



El rostro de Saori se iluminó cuando vio a Garen esperándola. Él sonrió y la llevó al mismo lugar de la noche anterior. “Creo que tus negociaciones han ido bien hoy.”
Ella afirmó. “El sustituto de Kaneo tiene las manos atadas. No pudo seguir diciendo que nuestra oferta no era limpia sin contradecir los resultados del duelo de ayer. Así que ha sido cortés y sincero, mientras aceptaba un acuerdo que no quería.”
“Así que tu clan consigue lo pretendido, usando el honor como una herramienta.”
Saori cabeceó. “Cuando el honor es sólo una herramienta, no sé si sigue siendo honor.”
Garen agitó su cabeza. “El asunto en realidad es, ¿fue el honor el que arregló el problema? ¿O fue la fuerza? En cualquier conflicto hay una parte débil y una parte fuerte. Tomaste el conocimiento que tenías, sabiendo que el Escorpión no podría usar el suyo para engañarte, y usaste tu posición de fuerza para forzarle a un acuerdo.”
“Yo no forcé a nadie a nada.”
“Lo arreglaste para que sólo tuviera una opción. ¿Cómo que eso no es forzarle? Ahora no pienses que estoy diciendo que hiciste algo mal. La fuerza es una ventaja. Es mejor ser la parte fuerte que la parte débil, ¿no? La fuerza es a todas luces una virtud igual que el conocimiento o la perspectiva. O honor o deber, para este asunto.”
“¿Entonces la fuerza debe triunfar siempre? ¿Qué pasa con la compasión por los débiles?”
“La fuerza puede permitir la compasión. La razón por la que no pudiste mostrar compasión por Kaneo ayer es que no eras lo suficientemente fuerte, o él no era lo suficientemente débil. Es fácil mostrar compasión hacia aquellos que no pueden herirte. ¿Mostrarías compasión por alguien que puede derrotarte? Eso sería nada más que una locura.”
“Es bushido.”
“Excepto cuando no lo es. Eso es lo que yo entiendo.” Garen miró a su alrededor, intentando buscar un buen ejemplo. “Aquí, mira esta flor. Aplícale a ella el bushido.”
Saori arrugó su frente. “¿Qué quieres decir? Sólo es una cosa.”
“Pero el Bushido se supone que es aplicable a cualquier acción. Dime que dice el bushido de esta flor.”
“No dice... nada.”
Garen agitó su cabeza. “Tiene que decir algo. ¿Qué puedes decirme sobre ella?”
“Es, uh, es roja. Tiene tres hojas saliendo debajo de sus pétalos.”
“¿Es bonita?”
“Sí.”
“Estoy de acuerdo. Me gusta mucho esta flor. ¿Es perfecta?”
“Supongo. ¿Por qué?”
Garen sonrió. “Acabas de responder a tu propia pregunta. Respondiste con sinceridad, sabías que era lo que quería oír. No respondiste honestamente, sin embargo.”
Saori frunció el ceño. “Siempre vuelves sobre la honestidad y la sinceridad. Reconozco que son difíciles de reconciliar. Pero...”
Garen la interrumpió. “No es difícil. Es imposible. Pero, este no es el punto al que quiero llegar. Quiero enseñarte que hay otras virtudes que son igualmente valiosas que las del bushido. Mira de nuevo esa flor. Como sabes, no es perfecta. Hay una imperfección en uno de sus pétalos. No es tan grande como para que deje de ser bonita, pero no es perfecta. Ahora mira a esta otra flor, acércate. ¿Cual es mejor?”
Saori examinó ambas flores. “Esta otra. Tiene las mismas características, pero sin imperfecciones.”
“Entonces, es perfecta, y por tanto es mejor.”
“Sí.”
“Entonces tu concepto de perfecto es mejor que simplemente bueno. ¿Esto no convierte a la perfección en una virtud que perseguir?”
Saori sonrió. “Estás hablando con una Grulla. Ya conocemos de sobra el valor de la perfección.”
“¿De veras? Yo pensaba que vivías por el bushido. ¿En cual de sus preceptos se anima y persigue la perfección?”
“En todos ellos.”
“¿Y la Grulla lo cumple mejor que todos los demás?”
“Eso creemos, sí.”
Garen frunció sus labios. “Entonces, ¿le dirías al León que el bushido que ellos practican es imperfecto y que no están siguiendo el camino del samurai?”
“No, nunca haría eso. Su camino es diferente al nuestro, pero no intrínsecamente equivocado.”
“Pero, si son diferentes, ¿cómo pueden ser ambos perfectos?”
Saori no respondió.
“No quiero que cuestiones la habilidad de otros para seguir el bushido, solo que la perfección es una virtud por sí misma, completamente separada de las otras, incluso aunque labre su camino a través de todas ellas. La perfección es una meta acompasada que rodea y envuelve todas las acciones.”
Saori sonrió. “Ahora suenas como un samurai.”
Garen le devolvió la sonrisa. “Gracias por el cumplido. Entonces, has terminado tus negociaciones con el Escorpión. ¿Marcharás a casa? Se que tus tierras están en guerra.”
El rostro de Saori se oscureció. “Sí. El Dragón continúa su asalto deshonroso.”
“Quizá no era en el honor en lo pensaban cuando atacaron. No puedo hablar por ellos, y no tengo ni idea de sus verdaderas motivaciones, pero se todo lo que buscan la mayoría de las guerras.”
“¿Y que es?”
“Tierra. Aquel que controla la tierra, controla el mundo. Incluso una persona nacida en el mar como yo conoce eso. Nosotros simplemente lo expresamos de forma diferente.”
Saori se encogió de hombros. “Yo no estoy tan segura.”
Garen la miró intencionadamente. “Pero lo sabes. Aunque la guerra sea en los campos o en la corte, sigue siendo una guerra. Cuando mantienes una negociación, ¿qué estás intentando hacer? Controlar el campo de batalla. Una vez que lo haces, la guerra está prácticamente ganada.”
“Por supuesto. Cualquier cortesano avezado conoce los paralelismos entre la guerra y la corte.”
“Correcto. Entonces, ¿cual es la parte más importante de una batalla?”
Los ojos de Saori pestañearon mientras trataba de ver hacia donde la estaba llevando Garen. “Antes que comience la batalla. Asegurar que la situación está orientada hacia tu objetivo.”
Garen afirmó. “Control. Es todo control. Necesitas controlar la situación. Necesitas controlar a tu oponente. Necesitas controlarte a ti misma.”
Ella devolvió el cabeceo. “Eso es cierto del todo.”
“¿Entonces no es el control una de las virtudes de las que estamos hablando? ¿No es algo que perseguir? El control y la fuerza combinados pueden fácilmente asegurarnos la victoria, ¿no?”
Saori agitó su cabeza. “Hay más que eso.”
Garen afirmó vigorosamente. “Por supuesto que lo hay. Además necesitas el conocimiento y comprensión de la situación para estar seguro que la victoria que estás logrando es la que quieres conseguir. Si sabes lo que se necesita, sabes cual va a ser el resultado, sabes como te beneficiará, tienes la fuerza para superar a tu oponente y controlas la situación puedes evitar cualquier obstáculo. Encontrarás la perfección que has alcanzado en iaijutsu, en todas las partes de la vida.”
Saori le miró y se preguntó. “¿Y eso es todo según tú? Haces que suene tan fácil.”
“Eso es, mientras estés bendecida con otras dos virtudes.”
Saori le miró ansiosa. “¿Y son?”
“La voluntad para actuar y la determinación para ver más allá.”
“Entonces, si atesoro esas otras virtudes, fuera del bushido,” Saori resumió, “las cosas ayer habrían sido muy diferentes con Kaneo.”
Garen agitó su cabeza. “No diferentes del todo, excepto que no habrías necesitado a Choshi para decirte lo que tenías que hacer.”
Saori le miró. “Entonces ¿que ha cambiado? ¿Qué tienen de especial esas virtudes si las cosas no son diferentes?”
Garen sonrió. “No dije que las cosas no cambiarían. Dije que las cosas no hubieran sido diferentes con Kaneo. Choshi estaba en lo cierto al pedirte que lo eliminaras. Tú hiciste bien al hacerlo; era el decir que el bushido lo permitía lo que era un error. Veamos la situación de nuevo. Exigiendo el duelo mostraste la voluntad de utilizar los protocolos en tu beneficio. Eso te dio control sobre las negociaciones. Tenías el conocimiento de las habilidades de Kaneo y perspectiva de como él y el Escorpión reaccionarían a tu reto.
Tuviste la fuerza para derrotarle y la determinación de seguir con el plan. Planificación perfecta, ejecución perfecta, resultados perfectos. La única cosa que no ha sido perfecta -”
Saori le cortó. “He sido yo disgustada por todo el asunto.”
Garen sonrió burlón. “Solo eres humana, después de todo. Aun así, mostraste una debilidad que el Escorpión podría haber explotado. Eres afortunada de que fui yo quien te encontró aquí, y no ellos. Tal como están las cosas, los únicos que conocemos tu debilidad somos yo y...” se detuvo y le dejó a Saori que terminara la frase.”
“Y Choshi.”
“Correcto.”
“¿Entonces que harás sobre esto?”
“Tú tienes las respuestas. La pregunta es ¿qué te dirán?”



“¿Sí, Saori-san? ¿Puedo ayudarte?” Doji Choshi miró por encima de los pergaminos que estaba inspeccionando.
“Si pudiera disponer un momento de vuestro tiempo, Choshi-san.” Choshi enarcó una ceja ante el tono de Saori, pero no dijo nada.
Saori empujó una silla enfrente de Choshi y se sentó antes de continuar. “Las negociaciones fueron fructíferas.”
“Por supuesto. Hiciste bien tu parte, Saori-san. Deberías apartar de ti tus reticencias.”
Saori hizo una mueca. “No tengo reticencias. Hice lo correcto. Kaneo no era nada más que un obstáculo que necesitaba ser eliminado. Es otra cosa con la que no estoy conforme.”
Choshi se rascó la cabeza y enarcó de nuevo la ceja. “¿Cual es?”
“Tú planeaste todo esto y no me incluiste en tus planes. Fui tu herramienta. Nada más.”
“No planeé nada hasta que desafiaste a ese loco de Kaneo a un duelo. Simplemente aproveché la oportunidad de tomar una ventaja.”
“Una vez estuviste segura que no quedarías expuesta. Si algo hubiese ido mal, yo habría sido la que pareciera impetuosa e incompetente. Tú habrías estado libre de cualquier acusación.”
“Puede ser, pero tu has tienes el crédito.”
“¿Crédito por qué?” Saori escupió. “Nadie me considera una negociadora habilidosa tras esto. Sólo piensan que soy peligrosa con la espada.”
Choshi sonrió ligeramente. “¿Y esa reputación es mala? Podemos utilizarla.”
“No podemos. Puedo. Puedo utilizarla. Empezando ya. Desde ahora mismo, no me dirás que mate a nadie. No soy tu asesino personal. Si hay razón para necesitar la muerte de nadie, me dirás las razones antes. No actuaré a menos que sepa porqué lo estoy haciendo. ¿Entiendes?”
Ahora la voz de Choshi se endureció y pareció más enfurecida. “¡Cumplirás con tu deber, samurai!”
“No tal y como tu lo defines.”
“¡Soy tu superior!”
“No eres tal cosa. Eres un igual que ha conseguido mejor posición mediante la manipulación. No seré manipulada por ti ni por nadie más. Desde ahora, somos iguales. Si estoy de acuerdo en que alguien debe morir, lo haré. No harás nada para dominar mi voluntad. Trabajaremos juntas, bajo mis términos, o nuestra asociación terminará.”
Choshi intentó hablar, pero el miedo tras sus ojos no dejaba duda de que no tenía fé en que aquello acabara bien para ella.
“Ahora que el problema se ha solucionado, creo que haremos un buen equipo, Choshi-san. ¿No estás de acuerdo?”


por Rusty Priske
Editado y Desarrollado por Fred Wan
Traducción de Bayushi To y Bayushi Elth

Paisajes

El sur de las Llanuras del Corazón del Dragón eran rocosas y planas, con áreas de piso extremadamente traicionero y escasos lugares donde hubiese agua. No tenía tan mal agüero como la parte norte, donde yacían las ruinas de los Chuda, pero casi siempre estaban igual de desiertas. Usualmente, pero no ahora. Las fuerzas Dragón que retrocedían de Kosaten Shiro habían acampado aquí, deteniéndose en Nanashi Mura para recoger los suministros que tan desesperadamente necesitaban antes de completar su marcha de vuelta a Shiro Mirumoto. Las fuerzas Grulla que les perseguían habían acampado a cierta distancia, las primeras unidades, de despliegue rápido, esperando impacientes a los refuerzos necesarios para enfrentarse a los Dragón. Los generales de los dos ejércitos estudiaban sus mapas y planeaban. Sin cesar, exploradores patrullaban la tierra entre ambos y a veces se enfrentaban entre si. El resto de los hombres esperaba, preparándose para la inminente batalla en la forma que le parecía mejor. Y así fue como Daidoji Yaichiro se encontró con tiempo para pintar.
No lejos del campamento Grulla había una pequeña colina, demasiado baja para convertirse en un buen puesto de observación, pero en cualquier caso con una atractiva vista. Yaichiro se arrodilló en la cresta de la colina, mirando hacia el norte, el blanco papel ante él, sujetado por pequeñas piedras. Cerca había otros cuantos dibujos, también sujetados por piedrecillas. Yaichiro ignoró el viento que intentaba provocar a que su largo y blanco pelo saliese de su moño, y en vez de eso estudió el paisaje que tenía ante él, absorbiendo cada quiebro y elevación que conformaba su superficie, cada matorral y roca que le daba textura. Cuando pensó que no podía aprender más observándolo cogió su pincel, lo frotó contra la piedra de tinta que tenía preparada, y empezó a pintar. Trabajó con rapidez pero sin prisa, y muy pronto el paisaje apareció en el papel que tenía ante él. Casi había terminado cuando una voz surgió de entre los matorrales que tenía detrás.
“Muy bonito, pintorcillo. ¿Pero qué harías si surgiese de los matorrales y te atacase?”
Yaichiro se detuvo solo un momento. “Te apuñalaría en el ojo con mi pincel,” dijo tranquilamente. “Y luego te maldeciría por arruinar mi dibujo. Saludos, Gempachi.”
Daidoji Gempachi se rió y anduvo hasta la cresta de la colina, mirando hacia la lejanía. Era de una estatura normal, pero muy musculoso, y tenía el pelo negro y muy corto. “Siempre tiene una rápida respuesta.”
“Y eso es bueno. Imagínate en cantos problemas nos hubiésemos metido esa noche en el Festival de las Flores de los Cerezos si no fuera así.”
“No necesariamente,” dijo Gempachi. “La geisha del Faisán Dorado hubiese podido decir algo bueno de nosotros. Nos dejamos bastante dinero allí.”
“No creo que sea inteligente contra con algo así. ¿Y si el otro hombre se había gastado más?”
“¿Esa noche? No creo que hubiese sido posible.” Gempachi abrió las manos, poniendo fin al tema. “Pero he venido a darte las gracias, no a discutir contigo.”
“¿Darme las gracias?” Dijo Yaichiro. Miró a su amigo con expresión de leve curiosidad en su cara. “¿Qué es lo que me tienes que agradecer?”
“Bien hecho,” dijo Gempachi. “Uno nunca sabría al mirarte que cuando llegué esta mañana al campamento se me informó que me ascendían al rango de gunso y que me ponían bajo el mando del Chui Daidoji Yaichiro.”
“O, eso,” dijo Yaichiro, sonriendo levemente. “Solo recomendé a un hombre de fiar que ha regresado recientemente de entrenar con los Cangrejo para un puesto para el que estaba bien cualificado. No me merezco que me des las gracias por cumplir con mi deber.”
Gempachi se rió. “Tu obligación parece ser conseguir un largamente buscado ascenso para un viejo amigo.”
“Una coincidencia, aunque bienvenida. Pero hablé con el propio Doji Masaru-sama, y el estuvo totalmente de acuerdo con mi recomendación.”
Hubo un momento de silencio. “Doji Masaru,” dijo Gempachi, dando a la primera palabra un leve énfasis. “¿Ha estado alguna vez en Kosaten Shiro?”
Yaichiro detuvo su trazo, algo confundido por la pregunta. “¿Y quién no lo hizo? Ha hecho,” se corrigió a si mismo. “¿Por qué lo preguntas?”
Gempachi se sentó junto a su amigo y bajó la voz. “Cuando volvía de las tierras Cangrejo, mi camino me llevó cerca de Kosaten Shiro. Ahí entró en contacto conmigo un magistrado de nuestra familia que investigaba el asunto del seppuku de Doji Ran. Tenía unas preguntas sobre las Tierras Sombrías que esperaba yo pudiese contestar.”
“A Ran la culparon de negligencia en sus obligaciones durante el ataque,” objetó Yaichiro, su voz igual de baja. Siguió pintando. “¿Qué tienen que ver las Tierras Sombrías con eso?”
“La cosa que se hace llamar Daigotsu Rekai era prisionera en Kosaten Shiro,” dijo Gempachi, su voz un susurro. “El verdadero crimen de Ran fue permitir que escapase.”
Una fea raya negra se pintó en el papel mientras Yaichiro miraba asombrado a su amigo. “¡Eso no es posible!”
“Yo tampoco quise creerlo, pero sabía que el magistrado no solo era honorable sino que además se podía confiar en él. Había escuchado ese relato de uno de los soldados de Ran, que había confiado en él antes de cometer seppuku. Y como magistrado quería saber como la gran vergüenza de nuestra familia llegó a ser encarcelada en uno de nuestros castillos, sin que lo supiese el Señor Kikaze.”
Yaichiro miró hacia otro lado, incapaz de mantener su cara bajo control. Volvió a abrumarle todo el dolor y la pena que había sentido la primera vez que escuchó que Daidoji Rekai había caído, junto al grasiento y amargo sabor de la traición. “Los Doji lo hicieron,” dijo. “Los Doji han hecho esto.”
“Una Doji hizo esto—Doji Ran,” le corrigió Gempachi. “Pero Ran no tenía un puesto tan elevado como para hacer esto ella solo, y no sabemos quien estaba tras ella. Fuese quien fuese, eligió Kosaten Shiro—y a los Doji no les faltan castillos.”
“No fue un Daidoji,” dijo Yaichiro.
Gempachi se encogió de hombros. “Si lo fue, que los Cielos se apiaden de él. Kikaze no lo hará.”
El silencio cayó entre ambos. Yaichiro miró a la ruina en que se había convertido su dibujo, lo puso a un lado y empezó a recoger sus cosas.
“No sé porque te preocupas por eso,” dijo Gempachi, encantado de empezar un nuevo tema. “No conozco a ningún otro Daidoji que disfrute con eso. Deberías haber nacido Kakita.”
“Me gusta pintar, y estos dibujos pueden serle útiles al general,” dijo Yaichiro. “Y me ayuda a ver con claridad. No hay razón alguna por la que los mapas tácticos no puedan ser también agradables a la vista.”
“Pero tus dibujos no servirán para nada cuando perdamos nuestro vagón de equipajes. Recuerdas lo que pasó en Momozono Mura, ¿verdad?”
“¿No servirán para nada?” Repitió Yaichiro. “Ya lo veremos cuando empiece la batalla. ¿Pero le dirías eso a un cerezo en flor?”
Gempachi arqueó una ceja y sonrió.

“Suspiramos por flores de
cerezos pero las dejamos
las mujeres son mejor, “ dijo.



El suelo era pedregoso y estaba sembrado con barrancos y pequeños accidentes. Yaichiro lo había pintado en un día soleado y lo recordaba cubierto de una pequeña capa de césped y respingonas y delicadas flores salvajes. Ahora tanto el césped como las flores habían desaparecido, aplastadas por hombres luchando y muriendo. El sol también se había ido, cubierto por nubes grisáceas que amenazaban lluvia. Contempló la batalla, notando admirado que la general Dragón estaba usando su conocimiento superior de las llanuras del Corazón del Dragón para su ventaja. El ejército Grulla, aun así, parecía estar manteniendo su posición simplemente rechazando retroceder de allí. Yaichiro cambió su agarre sobre su yari y rezó para que pudiera encontrar la muerte con la misma resolución que los hombres frente a él estaban mostrando.
Gempachi permanecía junto a su amigo, mirando la batalla con diferentes ojos. No había nada que temer allí excepto el acero empuñado por los hombres, y el Muro le había enseñado que no había nada que temer en absoluto. Tanto como se lo permitía el caos reinante seguía las evoluciones de guerreros individuales, intentando conseguir comprender como luchaba un Mirumoto, y como era más fácil matarle.
“La señal,” dijo Yaichiro. Indicó a un oficial montado gritando órdenes a las unidades a su alrededor. “Nos movemos ahora.” Inhaló aire profundamente. “¡Honor para nuestro clan!” gritó.
“¡Muerte a nuestros enemigos!” rugieron a la espalda de Gempachi el resto de sus hombres.



La tierra estaba sembrada con pedruscos de todos los tamaños. Yaichiro serpenteaba entre ellos, demasiado exhausto para preocuparse por la lluvia que caía. No tenía idea de cuanto llevaba luchando; las horas habían fluido continuadas en una mezcla de miedo, fango y rabia. Su yari había desaparecido, y no podía recordar cómo lo había perdido. Esperaba que lo hubiera dejado en un Mirumoto, y no yaciendo en el suelo en cualquier parte. Su botella de agua también había desaparecido, y su garganta sufría por la sequedad. Echó atrás su cabeza, abrió su boca y bebió de la lluvia.
Después de unos minutos se sentó ligeramente. La lluvia no había hecho nada más que humedecer su boca, pero eso tendría que ser suficiente por ahora. Aproximadamente un cuarto de sus hombres seguía con él, el resto abandonados a la muerte o el caos. El Dragón finalmente había tenido éxito en empujar la línea Grulla, y con el desorden resultante había perdido el sentido de donde estaba. Mientras estudiaba los alrededores Yaichiro cayó en la cuenta con sorpresa de que era el área que había estado pintando mientras hablaba con Gempachi. Sonrió levemente para sí mismo y estaba a punto de llamar a su amigo cuando un movimiento fue captado por su ojo. Se quedó congelado y miró más cuidadosamente. En la parte más alejada del campo un grupo de samurai Mirumoto se movían cautelosamente hacia un barranco. Yaichiro trazó el camino del barranco en su memoria y se dio cuenta que llevaría a los Mirumoto alrededor de la batalla y de vuelta tras la líneas Grulla, cerca de su puesto de mando. Su mente se quedó helada ante tal cosa y sabía que debía hacerse.
“¡Gunso! ¡Con cuidado!” llamó en voz baja.
Gempachi gateó una roca y se detuvo a un brazo de distancia. En algún momento había perdido su kabuto y había sido herido en la cabeza. Estaba vendada y había dejado de sangrar, pero el dolor era implacable. “¿Chui?” dijo débilmente.
“Hay un grupo de samurai Dragón intentando atacar nuestro puesto de mando.”
“¿Y eso? ¿Qué vamos a hacer con ellos?”
La mente de Yaichiro estaba perfectamente serena y en calma. “Vamos a morir.”
“Oh,” dijo Gempachi. “Bien, si eso es todo... reuniré a los hombres.” Retrocedió.
Yaichiro volvió su atención a la tierra, y mientras su unidad se reagrupaba buscó el punto en que quería atacar a los Mirumoto. Cuando el último samurai Dragón desapareció en el barranco los Grulla se levantaron y corrieron.



La cima de la colina había sido despejada de cadáveres, y las lluvias habían limpiado toda la sangre. Yaichiro estaba sentado de nuevo en su cima, mirando al norte. El calor del sol suavizaba el dolor de la herida de espada en su brazo izquierdo, pero no hacía nada por el dolor de su corazón.
“¿Vas a dejar de fruncir el ceño en algún momento?” preguntó Gempachi. Estaba recostado sobre un pedrusco cercano, con los ojos entornados por el sol. El corte en su cabeza se había cosido limpiamente y estaba sanando en una prominente cicatriz.
“¿Vas tú a dejar de mirarme sonriente como un idiota?” dijo Yaichiro.
Gempachi se sentó, atento a la amargura en la voz de su amigo. “¿Por qué no debería sonreír? Estoy vivo. Mi mejor amigo está vivo. Mi oficial al mando ha sido reconocido por su heroísmo en la batalla, y parte de esa gloria recae sobre mí. ¿Cual es el problema?”
“Perdimos la batalla,” dijo Yaichiro. “El Dragón se ha retirado, no de nosotros, sino de ellos.” Movió su cabeza hacia el campamento al oeste, donde los estandartes con el mon del León se agitaban con el viento. “Deberíamos haber muerto en aquel barranco – ellos habían enviado una segunda oleada de hombres que podrían habernos barrido y continuar hacia el puesto de mando. Pero vieron venir la primera de las unidades León, y se retiraron en lugar de eso.”
“¿Y?” dijo Gempachi, encogiéndose de hombros. “Cuando un granjero es atacado por ratones, coge un gato y se olvida de ello.”
“¿Y qué es eso? ¿Qué el Dragón tema la fuerza del León y no la nuestra no te importa?”
“Dicen que los samurai Mirumoto pasan parte de cada día meditando. Este invierno mientras los niños del León estén comiendo arroz de la Grulla y los niños del Dragón estén comiendo piedras, podrán meditar sobre la fuerza.”
Yaichiro parpadeó, su rostro se volvió pensativo. “Nunca pensé en el arroz como fuerza. Parece... impropio, de alguna forma.”
“Vete a vivir al Muro una temporada,” dijo Gempachi. “Los comandantes Cangrejo no pierden el sueño preocupados por la fuerza de sus samurai, sino por la fuerza de su cadena de abastecimientos. El Dragón debería haber dedicado más pensamiento a la suya antes de empezar una guerra con nosotros.”
“Has cambiado,” dijo Yaichiro. Estaba sonriendo ahora. “Has vuelto del Cangrejo iluminado.”
“Iluminado,” dijo Gempachi con una risa. “Ese es mi premio tras una noche en el mundo del sauce.”
“Ahora que el Dragón se ha ido, Nanashi Mura está abierta para nosotros,” dijo Yaichiro pensativo. “He oído que hay una casa de geishas que el mismo Shogun solía visitar.”
“¿De veras?”
Yaichiro afirmó y se puso en pie. “Y si era suficientemente buena para él, probablemente lo sea para nosotros. Vayamos a ver si nuestra nueva gloria nos consigue papeles de viaje para la ciudad.”


por Nancy Sauer
Editado por Fred Wan
Traducción de Mori Saiseki y Bayushi Elth

El legado del Padre

Hace cuatro meses…
La lluvia caía sobre la tierra mientras el grupo lentamente iba por entre las colinas. Casi eran cuarenta a caballo, totalmente armadas y preparados. Sus caballos se movían a un trote lento. Miraban en todas direcciones, alertas ante cualquier signo de problemas. Los campos que les rodeaban se extendían en todas direcciones, con pocos árboles u obstáculos que ocultasen sorpresas. Sabían que nada podía ver su movimiento por esa tierra. A pesar de esta seguridad, una sensación de intranquilidad cubría a todo el grupo. Nadie podía tener confianza en que la misión iría bien cuando el grupo estaba tan dentro de las líneas enemigas. La presión de un simple paso en falso recaía sobre cada uno de sus movimientos.
El grupo se acercó a la cresta de una colina y se detuvieron todos juntos. La exploradora en cabeza desmontó y le dio las riendas de su caballo al hombre que estaba tras ella. Asintió secamente y luego desapareció al otro lado de la cresta de la colina.
El líder del grupo se quitó su gorro de cuero. Moto Wasaka miró a la compañía que le rodeaba. Ellos le miraron, todos con expresiones severas. “Descansar hasta que ella vuelva,” dijo. No se relajaron, pero algo de tensión desapareció de sus caras. Desmontaron y empezaron a hablar en voz baja entre ellos.
Wasaka desmontó y se estiró. Miró a las grises colinas que le rodeaban y escupió al suelo. Tras unos momentos dijo, “Estas tierras son las más feas que haya visto jamás. Si los kami tuviesen algo de juicio, limpiarían este lugar y volverían a empezar de nuevo.”
Los Unicornio miraron a su líder durante un segundo y luego volvieron a sus actividades. Una Doncella de Batalla que estaba junto al comandante entró al trapo. Se quitó su pelo mojado de la cara y dijo, “¿De qué estás hablando ahora, Wasaka-san?”
Wasaka señaló a las colinas con un movimiento de su brazo. “Los kami tienen tanto poder a su disposición. Si yo tuviese tanto poder, allanaría estas colinas y las reemplazaría con algo más agradable. Siempre me han gustado los valles. ¿No crees que eso sería bonito, Uzuki-chan?”
Utaku Uzuki agitó la cabeza con indignación. “Una día, muy pronto, Wasaka-san, los dioses escucharán tus blasfemias. Me pregunto que si las encontrarán tan divertidas como a ti te parecen.”
Wasaka asintió ampliamente a su acompañante. “Todo en el mundo es una broma, Uzuki-chan. Todo lo que necesitas es encontrar la perspectiva adecuada.”
“No todo,” Uzuki contestó en voz baja. Ella miró hacia las lejanas montañas y pasó su mano por el costado de su caballo. Relinchó un poco y hocicó su cuello.
Wasaka la observó durante un largo momento, su sonrisa desapareciendo de su cara. Fue hacia la Doncella de Batalla y la cogió del hombro. “Uzuki-chan—”
Uzuki giro su cabeza y le miró desafiante. Los ojos que Wasaka había aprendido a leer tan bien estaban nublados por la emoción. “No, Wasaka, no escucharé una charla. Estas tierras simplemente me traen recuerdos de mis hermanas. Eso es todo. La venganza no está en mi ánimo.”
Dejó pasar la mentira. “Las palabras del Khan están claras, Uzuki-chan. Debemos encontrar un paso hacia la Ciudad Imperial. Eso es todo.”
Uzuki se giró y se fue sin pronunciar otra palabra más. Pensó en seguirla, pero sabía que no conseguiría nada. En vez de eso, esperó. Tras un tiempo, la silueta de su exploradora apareció en la cima de la colina. Ella miró al grupo durante un momento antes de encontrar a Wasaka. Se le acercó rápidamente y luego se inclinó.
“Alguna buena noticia sería bienvenida, Yasuha-san,” dijo Wasaka. Ella le miró sin pronunciar palabra. Él suspiró. “Informa,” ordenó formalmente.
“Hay más tropas León es esa dirección, mi señor,” dijo Yasuha. “He contactado con Shinjo Fuyuko, una exploradora asignado a este área antes de nuestra expedición. Ella dice que la actividad León se incrementó sensiblemente unos pocos días antes de que partiésemos. Conoce un paso entre las colinas que ellos han dejado sin vigilar, si es que deseamos pasar.”
Wasaka frunció el ceño. “No creo en coincidencias más de lo que creo en la promesa de un Escorpión. Han debido ser avisados.”
“¿Cuáles son vuestras órdenes, Wasaka-sama?” Preguntó Yasuha.
En su mente rápidamente sopesó los pros y los contras. Levantó la voz para que llegase a todos los que le rodeaban. “Montar. ¡Cabalgamos!”



Fuyuko era una veterana de varias luchas en tierras León. Había sobrevivido la locura de la Caza de Sangre en las tierras León. Fue entonces cuando se había descubierto su tapadera y ella había regresado a las tierras Unicornio. Pero su experiencia y conocimiento de las tierras León era un recurso inestimable, y pocos meses después ella había vuelto a entrar clandestinamente en tierras enemigas. Wasaka pudo ver de inmediato ver su conocimiento de la tierra, por la forma en que rápidamente les llevó a través de un oculto sendero por el borde de las colinas.
Volvieron a viajar en silencio. La lluvia aumentó por el camino y la luz se oscureció aún más. No podían permitirse llevar una luz, por lo que se veían forzados a viajar aún más despacio. Fuyuko lideraba el camino, y toda la tropa Unicornio la seguía de cerca. Seguían la falda de la colina y se detuvieron de repente. Un escuadrón León les esperaba en medio del camino. Uno de ellos se adelantó. Su dorada armadura estaba adornada con rugientes bocas de Leones por los hombros y el yelmo. Era un hombre joven, poco más que un niño, su armadura no llevaba señales de batallas anteriores.
“Saludos,” dijo el joven. “Os doy la bienvenida a las tierras León.”
Wasaka miró a sus exploradores delanteros, que seguían asombrados por la repentina aparición del enemigo. Los León estaban obviamente preparados para la batalla, como si les hubiese arengado un gran grito de guerra. Volvió a mirar al joven León. “Saludos,” dijo, sin saber que decir. Valoró automáticamente la situación. Los Unicornio eran inferiores en número, pero tenían la ventaja de la caballería.
“¿Puedo ver vuestros papeles?” Continuó el León. “Me refiero a papeles con permisos Imperiales, por supuesto. Por aquí la palabra del Khan no vale nada.”
Wasaka se mordió la lengua para no contestar. Uzuki no tuvo el mismo control. “¡Vigila tu lengua, León!” Gritó por encima del viento. “Incluso un estúpido sabe cuando se adentra en la guarida del depredador.”
Los ojos del León se entrecerraron peligrosamente. “Quizás estás confundida, niña. Estás en medio de las tierras León, sin permiso Imperial y sin explicación alguna de de vuestra conducta. Es al revés. Estáis en las fauces del León.”
Las manos de Uzuki volaron hacia el yari que tenía al costado de su caballo. “Te voy a enseñar quien está confundido,” sonrió, “tu—”
“¡Detente, soldado!” Dijo Wasaka, su voz resonando por la colina. Samurai en ambos lados habían empezado a agarrar sus armas por culpa de las acciones de Uzuki. Todos se detuvieron ante el grito de Wasaka. El líder León no se había movido nada durante la conmoción. Su mueca de desprecio era visible para los Unicornio. “Te aseguro que nuestra misión no tiene nada que ver con el León. Simplemente—”
“Perdóname si no me creo lo que dices,” interrumpió el León. “Liderazgo nos enseña a mostrar debilidad cuando somos fuertes. Esas estratagemas se enseñan hasta a los bushi de menor rango; me sorprende que el Khan no se haya ocupado mejor de tu entrenamiento.” Se inclinó y luego puso ambas manos en la cintura, cerca de sus armas. “Hoy estáis ante Matsu Yoshino. Recordar ese nombre, si es que alguno de vosotros sobrevivís este día.”
Wasaka podía sentir como la ira de Uzuki surgía de ella. Era como un arco tensado durante demasiado tiempo. Iba a saltar ante la menor provocación. Si ella atacaba primero, aunque sobreviviesen, se vería forzado a castigar su desobediencia. Solo podía ver una salida para impedir el castigo.
Wasaka sonrió, mostrando sus dientes. “¿Matsu Yoshino? Eso me suena familiar. ¿Tomaste el nombre de algún viejo y cobarde León?”
Yasuha se quedó boquiabierta. “Wasaka-sama, ¡Matsu Yoshino es el hijo de Nimuro!”
Wasaka desenvainó su espada y gritó, “Entonces prepárate para unirte a tu padre, ¡cachorro!” Espoleó a su caballo hacia delante, a toda velocidad, cargando contra el líder León. Todos saltaron a la acción tras él. Los Unicornio cargaron tras su líder, y los León corrieron para enfrentarse a ellos, yari en sus manos. Yoshino simplemente miró fijamente la carga del Moto, desaparecida su sonrisa. Incluso a esta distancia, Wasaka reconoció la mirada en la cara del chico. Era la mirada de un depredador. La mirada de un asesino.
La primera flecha se enterró en el cuello del caballo de Wasaka. Antes de que pudiese reaccionar, otra flecha atravesó la cabeza de su caballo. Un fuerte dolor apareció en su costado cuando otro misil cruzó su pierna. Su caballo cayó y su gemido de muerte llenó el aire. Wasaka cayó al suelo junto a su caballo. No podía respirar con el peso del caballo sobre su pecho.
Yoshino se adelantó cuando empezó la batalla y desenvainó su katana. “Otra lección esencial de Liderazgo,” dijo. Wasaka se esforzó por escuchar su voz sobre el ruido de la batalla y su palpitante corazón. Tras Yoshino, podía ver montados León cabalgando en defensa de sus hermanos. “Que el enemigo vea lo que quiere ver, para que te subestime.”
Mientras Wasaka yacía bajo su caballo, solo lamentó que nunca tendría la oportunidad de aliviar la ira de Uzuki. La katana de Yoshino atravesó la cortina de lluvia. Era la cosa más bella que había visto jamás Wasaka.



Yoshino se quitó el yelmo y se lo puso debajo del brazo. Miró al largo tramo de escaleras que llevaba al bello templo que había en tierras León. Había mirado el edificio cientos de veces durante sus frecuentes estancias en el Castillo de la Espada Veloz, pero las escaleras parecían brillar en sus ojos. Lentamente, una sonrisa apareció en su cara.
“Pareces encantado contigo mismo,” dijo alguien tras él. Yoshino se giró y rió.
“¡Fujimaro-san! Pensaba que te dirigías a ocuparte de un asunto en la frontera Dragón,” dijo Yoshino. Se encogió de hombros.
Fujimaro sonrió. Hacía solo unas pocas semanas que Fujimaro le había enseñado a Yoshino los conocimientos básicos de las patrullas y la seguridad. Su relación debería haber acabado ahí, pero se había convertido rápidamente en amigos. El vínculo se había estrechado cuando habían luchado juntos contra los invasores. “Me han llamado para que informe a Otemi-sama de nuestras aventuras cerca de las tierras Unicornio.”
Yoshino frunció el ceño. “Tu contacto Escorpión parece haber dicho la verdad. Sorprendente, pero seguro que tiene sus propios motivos para ello. No se puede confiar en ellos, Fujimaro.”
Las cejas de Fujimaro se arrugaron. “Me gustaría confiar en ella. Tiendes a unirte cuando tus vidas se ponen en peligro. Una mujer con sus propios secretos...” Miró a Yoshino, y una sonrisa se extendió por su cara. “No necesito que los cachorros me den consejos sobre la vida, Yoshino-kun. Sal corriendo.”
Yoshino se inclinó. “Me alegra que estuvieses allí, Fujimaro-san. Si no hubiese sido por tu arco, el oficial Unicornio podría haber cabalgado por encima de mí. No puedo pensar en nadie mejor con el que estar en una batalla.”
Fujimaro agitó su cabeza. “Cualquier otro samurai León, hermano.” Con un saludo, se marchó.
Yoshino sonrió y rápidamente subió por las escaleras. Los guardias en la entrada del templo le saludaron cuando pasó por las puertas. Anduvo por el templo, recordando, hasta que llegó a una puerta que nunca antes había abierto. Sin dudarlo, abrió la puerta y entró en el secreto santo lugar.
La reunión ya había empezado. Ikoma Otemi estaba a la cabecera de la mesa y muchos de sus generales estaban a los lados. Se detuvieron cuando entró Yoshino, y este se inclinó. Rápidamente fue hasta la vacía silla junto a Otemi y escuchó como seguía la reunión.
“¿Cuál es el estatus de tu escuadrón, Kobi-san?”
“Tenemos todas las fuerzas, Otemi-sama,” dijo Kobi con una pequeña reverencia. “Estamos preparados para movernos en cuanto deis la orden.”
Otemi asintió levemente. “Bien. Rokuro-san, ¿tenemos noticias de tu daimyo?”
“Shigetoshi-sama ha llevado sus fuerzas a la frontera norte como ordenasteis, mi señor,” dijo Rokuro. Retorció la cara, como si algo en su boca le supiese mal. “Pretende enfrentarse a los Dragón con sus fuerzas en cuanto pueda.”
Otemi se volvió hacia Yoshino. “Fujimaro-san nos ha informado de tus logros en la frontera Unicornio. Bien hecho.”
“Gracias, Otemi-sama,” contestó él.
“¿Cómo valoras la situación?” Preguntó Otemi.
Yoshino miró al mapa que cubría la mesa. “Pudimos interceptor la patrulla Unicornio debido al contacto Escorpión de Fujimaro. Creo que por una vez, nos han señalado en la dirección adecuada. Aunque pondría a prueba nuestros recursos el luchar en dos frentes, creo que el Khan seguirá metiéndose en nuestras tierras hasta que haya conseguido lo que quiere. Debemos detenerle ahora o alimentar su codicia.”
“¿Alguien tiene algún comentario más?” Dijo Otemi, mirando alrededor de la mesa.
Kobi aclaró su garganta. “Aunque el avance Unicornio por nuestras tierras apenas era legal, no creo que fuese un acto de agresión. Creo que hay algo más aquí, mi señor.”
Otemi estudió los mapas durante un largo momento antes de hablar. “Al final, el origen de este conflicto no tiene importancia. El Khan no está satisfecho, y lo volverá a intentar. Sin duda lo intentará de una forma más concentrada, cuando crea que no estamos preparados. Debemos mover más tropas a la frontera Unicornio, para estar preparados para un ataque así.”
Yoshino se levantó de su asiento. “Otemi-sama, por favor permitidme el honor de dirigir las defensas.”
Otemi miró a Yoshino y asintió. “Que así sea. He ordenado a Shigetoshi que asuma el mando del frente norte para que podamos retirar las fuerzas Matsu e Ikoma para reforzar nuestra frontera oeste. Pondré unidades bajo tu mando. Kobi-san, coge tu unidad y únete a Shigetoshi. Relevaremos a unas unidades más y las usaremos para defendernos de los Unicornio.”
“Hai, Otemi-sama,” dijo Kobi, levantándose para irse inmediatamente.
Yoshino no pudo evitar sonreír al pensar en la gran fuerza que tendría bajo su mando. Por un momento, Otemi le miró, y podría haber jurado que el Campeón también sonreía.



Utaku Tama estudió el ejército León mientras estos se reunían en el campo que tenía ante ella. Había allí reunidos quizás unos trescientos soldados. Desde luego que se habían dado cuenta de las fuerzas Unicornio. Eso no era algo sorprendente. Después de todo, este no era un pequeño grupo de veinte sino una multitud de más de doscientos. Los León empezaron a formar, preparándose para enfrentarse a la unidad de Tama.
Una soldado llegó cabalgando hasta ella, y Tama se giró para mirar a la recién llegada. Era una joven exploradora, con bellos pero salvajes rasgos. Tama se rió para si misma. Había dicho que la exploradora era joven, pero Tama aún tenía recientes recuerdos de jugar con sus amigas. Las incontables batallas que Tama había soportado habían conseguido que ella envejeciese más de la edad que tenía.
“Tama-sama, los León se están preparando para moverse sobre nuestra posición. ¿Intentamos correr más que ellos?” Preguntó la exploradora.
Tama agitó la cabeza. “Estos hombres nunca nos darán la oportunidad de terminar nuestra misión. Lucharemos aquí.”
La exploradora asintió. “Si, Tama-sama. Hemos encontrado que el ejército que tenemos enfrente contiene una unidad de Deathseeker, una unidad de Guardianes a caballo, una unidad de piqueros, así como el típico ejército León.”
Tama volvió a mirar hacia el campo. “Que los Tronadores Shinjo hagan que los piqueros salgan de su posición. Nuestros arqueros a caballo se pueden ocupar fácilmente de ellos. Yo lideraré a las Doncellas de Batalla contra los Deathseeker. Los gunso tienen autoridad para ajustar la estrategia en la forma que crean necesaria.”
La exploradora asintió y giró su caballo para comunicar las órdenes. “Espera.” Dijo Tama. “¿Cómo te llamas, chica?”
La exploradora se inclinó. “Me llamo Shinjo Wei, Tama-sama. Este año empecé a servir con el Junghar.”
Tama asintió. “Lo recordaré. Haz que mi ejército se prepare, Wei-san.”
Wei desapareció, y Tama volvió a mirar hacia el enemigo. Sus banderas ondeaban bajo la brisa mientras el ejército lentamente se movía hacia la posición donde estaba ella. El sonido de caballos acercándose la rodeó, y supo que sus hermanas estaban con ella.
“Tomemos a los Deathseeker,” dijo Tama. “Espero que sabréis como reconocerles.”
“Si tantas ganas tienen de encontrar la muerte, se la daremos,” dijo la Doncella de Batalla a la derecha de Tama. Tama se giro y la miró.
“No dejes que Uzuki te nuble la mente,” dijo Tama. Tayoi no respondió.
“Tama-san, los León se acercan,” dijo alguien.
Tama asintió, y espoleó a su caballo para que se moviese. “¡Vamos, hermanas!”
El ejército Unicornio se puso en movimiento. Las descargas iniciales de los arqueros a caballo y de los arqueros León salpicaron el aire. Las Doncellas de Batalla rugieron y se prepararon para atacar a los Deathseeker. Al acercarse a sus objetivos, levantaron sus lanzas y desenvainaron sus espadas. Tama desenvainó sus dos espadas y se preparó para el ataque. Aunque había entrenado con las Doncellas de Batalla, había aprendido unas cuantas técnicas de alumnos del fiero estilo de lucha Moto. El propio Khan la había dado sus cimitarras, y en batalla las usaba como una extensión de su cuerpo.
Varios lanceros ashigaru intentaron detener la carga de las Doncellas de Batalla. Fueron arrollados sin pestañear. Tras los soldados, los Deathseeker estaban preparados para la carga. Tama cabalgó a través del grupo de Deathseekers y atacó a enemigos que tenía a ambos lados. Los Deathseeker eran peligrosos pero llevaban poca armadura; las bien hechas cimitarras de Tama atravesaron sus pieles sin resistencia alguna.
De repente, la espada que tenía en su mano izquierda se enganchó en la armadura de un Deathseeker. Dio un tirón a su mano y salió volando de ella por la fuerza de su carga. Ella miró hacia atrás y vio al samurai intentando arrancar la cimitarra de su cuerpo. Tama detuvo su caballo y en un rápido movimiento saltó de el y se metió en la batalla. El Deathseeker se sacó la cimitarra y la dejó caer al suelo. Se volvió hacia Tama con una fea mueca en su cara. Tama se lanzó al suelo y dio un corte lateral, atravesando las piernas del samurai antes de que este pudiese reaccionar. Mientras caía al suelo, gritando de dolor, Tama le cortó el cuello casi como si le hubiese ocurrido en el último momento.
Tama recuperó su espada y miró a su alrededor. Sus Doncellas de Batalla habían acabado con los Deathseekers, y solo habían sufrido heridas en vez de muertes. Miró rápidamente al campo de batalla, y vio la bandera del chui del pequeño ejército. Tama rompió a correr, y saltó sobre su caballo tan rápido como pudo. Las Doncellas de Batalla vieron hacia donde se dirigía y cargaron junto a ella mientras Tama se acercaba al líder.
El líder era un hombre impresionantemente grande, blandiendo su no-dachi con ambas manos. Sus guardaespaldas y él estaban manchados de sangre mientras intentaban repeler el asalto Unicornio. Tama se puso sobre la parte superior de su silla de montar y volvió a saltar al medio de la formación. El movimiento sorprendió a los León el tiempo suficiente como para abrir una debilidad en su defensa. Los guardaespaldas cayeron al instante, matados por los golpes e las vigilantes Doncellas de Batalla.
Tama y el chui se miraron fijamente. El chui escupió al suelo y de un golpe limpió la sangre de su espada. “Me llamo Matsu Sanraku,” gritó, “chui de la Tercera Legión, Segunda Compañía. Tu lacayo Suboto ya ha caído ante mi espada. Tu eres la siguiente, Utaku.”
Tama levantó sus espadas, manteniéndolas preparadas ante ella. No contestó, concentrándose simplemente en la posición del no-dachi de Sanraku. Cuando se movió lo suficiente hacia la izquierda, ella saltó hacia delante y golpeó. Con una espada sacó al no-dachi de su posición defensiva y apuñaló con la otra. Sanraku evitó fácilmente el golpe, y golpeó a Tama con la cresta de su yelmo. Tama dio un corte a la muñeca de Sanraku con su espada derecha, y cuando Sanraku soltó el no-dachi, le pinchó rápidamente con su espada izquierda. Sanraku cayó al suelo, una mancha roja donde había estado su cuello.
Caído su enemigo, Tama miró a su alrededor. Habían ganado. Lo que quedaba del ejército León retrocedía corriendo del campo de batalla. Wei cabalgó hasta las Doncellas de Batalla y saludó. Su brazo izquierdo estaba empapado de rojo sangre, y tenía una herida abierta en la pierna, pero estaba viva.
“¡Tama-sama!” Dijo Wei. “¿Cuáles son vuestras órdenes?”
Tama agitó la cabeza. “Movernos, y recuperarnos. Hemos ganado la batalla. No hay necesidad de alargarla más. ¡Reuniros aquí, y terminaremos la misión del Khan!”



Yoshino miró hacia dentro del valle cuando el principio del ejército Unicornio empezó a entrar en el.
“Un posicionamiento excelente, Yoshino-san,” dijo su consejero. “¿Cómo anticipasteis a donde irían si destruían la kaisha de Sanraku?”
Yoshino asintió. “Este es el único lugar lógico para que fuesen, si buscaban un paso por nuestras tierras. Solo hubiese deseado que los otros comandantes León hubiesen compartido mi análisis, Hirake-san. Me vendrían bien unos cuantos hombres más.”
Hirake se mesó distraídamente la barba. “¿Por qué buscan los Unicornio atravesar nuestras tierras?”
Yoshino levantó su abanico y empezó a enviar órdenes a la mitad de su ejército que estaba al otro lado de la colina. Los León tenían la ventaja de la altura, ya que el ejército Unicornio se veía forzado a moverse por el valle para llegar a su destino. “Esa es la pregunta inquietante, ¿verdad Hirake-san?”
Las órdenes de Yoshino llegaron al resto de sus hombres, y empezaron a reaccionar ante sus órdenes. Su unidad de Guardianes se movió para bloquear el camino de los Unicornio, mientras que la infantería pesada de Yoshino se movió lentamente para rodearles. El ejército Unicornio empezó a moverse por el valle. Yoshino sonrió, triunfante.
“La comandante Unicornio ha traído a sus heridos con ella,” dijo. “No puede correr, aunque quiera. Tendrá que enfrentarse a nosotros. ¡Me sorprende que no conozca siquiera las bases de los movimientos tácticos! ¿Acaso no han leído Liderazgo?” Su abanico destelló al ajustarse a la nueva información. Una unidad de Infantería de Élite Matsu se movió para ayudar a los Guardianes que bloqueaban el camino. Su unidad de arqueros empezó a soltar flechas desde lejos sobre el ejército Unicornio. El ejército Unicornio se movió lentamente hacia delante, como si no estuviese seguro de que cambiar.
Yoshino vio como los Guardianes y la Infantería de Élite se enfrentaba a la cabecera del ejército Unicornio. Cuando el ejército Unicornio pasó ante la oculta infantería de Yoshino, estos atacaron. De repente, los Unicornio no tenían forma de moverse. Había enemigos por todos lados. Antes de que los Unicornio pudiesen pensar en una contraofensiva efectiva, más hombres de Yoshino entraron en la batalla. Aunque ambos lados tenían un número parejo de hombre, el ejército Unicornio estaba desorientado por la confusión de la batalla.
Los Unicornio se dieron la vuelta y atacaron a las unidades que tenía detrás suyo. Antes de que pudiesen romper el cerco y destruir el plan de Yoshino, un grupo de banderas León aparecieron sobre la cima, en dirección de por donde querían salir los Unicornio. Refuerzos.
Solo un puñado de Unicornios escaparon de la subsiguiente batalla.



La puerta se abrió y Yoshino entró en el salón del trono de Shiro Akodo. Se quedó sin aliento. Según la tradición, tenía que mirar directamente hacia delante, pero lo que vio por los lados de sus ojos era asombroso. Docenas de hombres y mujeres estaban sentados, marcando el camino hacia el trono. Cortesanos, tácticos, consejeros, generales, y sensei de las escuelas León llenaban la sala. Kitsu Katsuko estaba sentada a la izquierda del trono, sus dorados ojos brillando con insondable sabiduría. Matsu Kenji estaba de pie cerca del trono, su dorada armadura iluminada por la luz. Akodo Shigetoshi e Ikoma Korin estaban sentados a la derecha del trono, sus kimonos con el anagrama de sus familias. Ikoma Otemi estaba de pie ante el trono vestido con su completa armadura ceremonial. Todos le observaban, esperando a que se moviese.
Yoshino parpadeó e intentó sofocar el repentino movimiento de su estómago. Dio un paso hacia delante con tanta confianza como pudo conferir al movimiento, mirando directamente a Ikoma Otemi. El camino a través del salón del trono pareció durar eternamente y acabó en un instante. Al ponerse frente a Otemi, los daimyo de las familias se levantaron y le flanquearon.
Otemi habló en voz baja, pero su voz llegó a todos los que estaban reunidos en la sala. “El legado del León Dorado de Toshi Ranbo perdurará durante muchos años. Nimuro-sama era un parangón del bushido, honorable hasta su muerte. Era un líder que no forzaba a sus seguidores a hacer algo que no podía hacer él mismo. Era el tipo de hombre junto al que cualquiera de nosotros nos hubiésemos sentidos honrados de estar hasta la muerte.”
“He actuado como Campeón del Clan León desde su muerte, hasta que surgiese otro que asumiese el lugar que él dejó vacío. Hemos esperado a que Yoshino mostrase ser el hijo de su padre. Necesitábamos saber si Yoshino podría liderar el clan a través de estos tiempos tumultuosos, rotos por la guerra.”
Otemi señaló hacia el trono, y Yoshino ocupó su lugar en el antiguo trono de sus ancestros. El peso del puesto cayó sobre sus hombros, y pudo sentir la presencia de miles de sus honorables ancestros mirando cada movimiento suyo. Se resolución se reafirmó. ¿Cómo podría fallar a todos los que habían confiado tanto en él?
“Matsu Yoshino-sama, os habéis ganado la espada de vuestro padre con vuestras acciones. ¡Tomar vuestro legítimo lugar como Campeón del Clan León, y forjar una nueva leyenda que rivalice con la de vuestro padre!”
Otemi se arrodilló ante el nuevo Campeón del Clan León y le ofreció Shinrai, la katana que siempre había estado junto a él. Yoshino sostuvo en ambas manos la Espada Celestial del León mientras Otemi recitaba el juramento que le ataba como leal servidor del nuevo Campeón. Uno a uno, los daimyo de las familias se pusieron ante Yoshino y le ofrecieron su lealtad al nuevo Campeón.
El último de los juramentos se desvaneció de la sala. Cada samurai en la sala se arrodilló ante Yoshino y luego se puso en pie. Sus voces combinadas hicieron temblar los cielos.
“¡Utz, banzai!”



La puerta se abrió y Utaku Tama entró en el salón del trono de Shiro Moto. Para alivio suyo, solo había dos personas en la sala para dar fé de su deshonra. Cruzó la sala y cayó de rodillas frente al trono. Sintió los ojos de los presentes mirarla fijamente. Se inclinó hasta el suelo.
“Os he fracasado, Khan,” dijo Tama.
“Tanta humildad,” musitó Chagatai. “En ti es un cambio interesante. No estoy seguro de que quiera templada mi espada salvaje.”
La cara de Tama enrojeció. “Nunca antes había tenido razón alguna para ello, mi señor.”
Chagatai movió la mano y se apoyó en el brazo de su trono. “No te echo la culpa por factores que están más allá de tu control. Los León se movieron, más rápido de lo que yo esperaba. Algo debe hacerse con el cachorro. Quizás sea el momento para volvernos impredecibles.”
Tama se levantó de donde estaba. “No os volveré a decepcionar, Chagatai-sama.”
Los ojos de Chagatai se clavaron en los de Tama. “Ningún general gana todas las batallas, Tama-san. Aprende de tus errores y prepárate para saltar a la lucha cuando te lo pida. No me sirve un arma que vacila ante su deber debido a fracasos imaginados.”
Chagatai se giró hacia el consejero que tenía a su lado, un hombre delgado envuelto en pieles moradas. “Tang-san, ¿se han cumplido mis órdenes?”
Ide Tang asintió. “Si, Chagatai-sama. Hemos creado reserves de arroz en Shiro Ide. Sospecho que acabaremos en este mes.”
“Bien,” contestó Chagatai. “Asegúrate de que nuestras provisiones permanecen repletas durante los próximos meses.”
Tang se inclinó. “Así será, Khan.”
Chagatai sonrió sombríamente. “Tenemos por delante un largo invierno, y no sería bueno que nos cogiesen sin estar preparados.”


por Brian Yoon
Editado por Fred Wan
Traducción de Mori Saiseki

26.9.06

El Regalo del Shogun

Hacienda Cangrejo en Toshi Ranbo

Toritaka Tatsune empujó la puerta abierta y entró a zancadas en el cuarto. Puso una leve mueca, y consiguió no frotar su pierna dolorida. El tiempo húmedo del otoño siempre hacía que le doliese más, aunque sería bastante peor cuando llegase el invierno. El viejo sensei se dejó caer pesadamente en una de las sillas más grandes que habían sido hechas especialmente para él, e hizo un ademán para que el hombre que lo acompañaba hiciese lo mismo. “Bien,” dijo después de un momento, “adelante y siéntese.”
“Creo que prefiero estar de pie por el momento,” dijo el viejo, echando un vistazo al cuarto. “Su hogar es... desolador. Poca decoración.”
“Desolador es una palabra que necesitará acostumbrarse a escuchar,” refunfuñó Tatsune. “Todos dicen eso sobre las tierras del Cangrejo. Me imagino que las visitará pronto.” Se detuvo un momento. “Otoya, ¿no?”
“Sí,” Contestó Otoya. “¿Y esta es su decisión a tomar, no es así? ¿Qué pasará conmigo ahora que el Shogun ha ofrecido mis servicios a su clan?”
“Sí,” dijo Tatsune. “Kuon-sama respeta al Shogun, de ahí su aceptación de la oferta de Kaneka-sama. A ti, sin embargo,” le señaló con un dedo gigantesco, “ni te conoce ni te respeta, y no te tendrá en sus tierras a menos que yo determine que vales para servir.”
“Por supuesto,” dijo Otoya. “¿Qué debo hacer?”
Tatsune se detuvo brevemente. “No lo sé, supongo,” admitió. “siéntate y bebe conmigo, para empezar.”
Otoya sonrió tristemente. “Si es lo que debo hacer.” El viejo se sentó y tomó el sake ofrecido por Tatsune. “Mi pericia radica en materias de una naturaleza táctica y, como usted, como sensei. He luchado por y contra la mayoría de los grandes Clanes a lo largo de mi vida. Cualquier comprensión que pueda ofrecerle, su señor Kuon estará agradecido.”
Tatsune gruñó. “Por y contra la mayoría de los clanes, dices. ¿Luchas por dinero, entonces?”
“Sí,” admitió Otoya fácilmente.
“Esa apenas parece ser una cualidad como para confiar,” dijo Tatsune. “¿Nos traicionarás si alguien te ofrece más?”
“El Shogun ha asegurado que el dinero no será una preocupación,” dijo Otoya con una sonrisa. “Imaginaba que mi absoluta lealtad no podría ser comprada. Pero resulta que simplemente no había descubierto su precio todavía. Soy suyo para que disponga como desee.”
Tatsune frunció el ceño. “¿Alguna vez has luchado junto al Cangrejo?”
“He luchado junto a un general del Cangrejo, sí,” dijo Otoya. “Él fue el comandante más interesante al que serví, y aprendí el planteamiento táctico de su clan de él. Dígame, ¿todavía están presentes los Condenados en las tierras del Cangrejo?”
“Sí,” dijo el viejo sensei, “aunque no en la cantidad que hubo una vez.”
“Lamentable,” observó Otoya. “siempre me he preguntado porque tales tropas no han sido dispuestas para un mejor uso por tu clan. Parecen un enorme recurso, más fuertes, más rápidos, más resistentes, propensos a demostraciones de una explosiva y violenta rabia. Me imagino que algunos comandantes a través de la historia habrán estado tentados a exponer a sus hombres a las Tierras Sombrías con esperanzas de ganar tales recursos.”
“No entre el Cangrejo,” dijo Tatsune cautelosamente. “Nunca. Solamente los tontos creen que la degradación del alma es una mejora.”
“Por supuesto,” dijo Otoya. “Era simplemente una observación.”
Tatsune frotó su barbilla cuidadosamente. “Hay un comandante en las tierras de Hida,” dijo después de considerarlo por un momento, “que está preparando a los Condenados como una única gran unidad. Los está entrenando para un combate específico. Será difícil, por supuesto, y las bajas probablemente sean astronómicas. No obstante, quizás el comandante podría beneficiarse del consejo táctico de un hombre como tu.”
“Me has intrigado,” dijo Otoya con un cabeceo. “¿Quién es este comandante?”
Tatsune sonrió. “Creo que sería mejor que lo conozcas tu mismo. Debemos hacer los preparativos para tu salida inmediata.”
“Excelente,” dijo Otoya. “lo espero con gusto.”



Shiro Daidoji

Un desconocido estaba en una gran habitación casi vacía en el ala oeste de Shiro Daidoji. No parecía preocupado por lo que le rodeaba, mirando aquí y allá más por curiosidad que por otra cosa. Metió las manos en sus mangas y no tocó nada, solo esperó pacientemente con una extraña sonrisa en su cara.
Un Grulla entró a la habitación por la puerta, su kimono azul crujiendo un poco. Su largo pelo gris estaba peinado hacia atrás, cayendo suelto sobre sus hombros. La parte inferior de su cara estaba oculta por una máscara que parecía más adecuada para un Escorpión que para un Grulla, pero sus ojos eran penetrantes. “¿Eres Naoharu?” Preguntó bruscamente.
“Lo soy,” dijo el desconocido. “Mi señor Kaneka me ha enviado.”
“Encantador,” dijo el viejo samurai. “Me imagino que no nos servirás para nada, pero supongo que yo no soy el que deba tomar esa decisión. Mi señor Kikaze no está aquí, y no se espera que regrese pronto. Se te asignará una habitación. Hasta entonces, yo supervisaré tus obligaciones, las que puedan ser.”
“Me resultas familiar,” dijo Naoharu. “¿Nos hemos visto antes?”
“Lo dudo,” dijo el viejo.
“Que extraño,” dijo Naoharu. “Pero es una pena que seas tan estúpido.”
El viejo Grulla se detuvo en seco. “¿Perdón?” Susurró.
“Me has oído,” dijo Naoharu. “No tienes ni idea si os seré o no de valía. No tienes ni idea cuales son mis habilidades o experiencia, pero me desestimas sin más. ¿Es de sabios tirar a un lado un instrumento sin determinar si os puedo ser útiles? ¿Incluso uno que puedas permitir descartar en el proceso de cumplir con su tarea?”
El viejo arrugó la frente. “Me imagino que en algo tienes razón,” dijo tras un momento. “Entonces dime. ¿Cómo puedes ser útil a los Grulla?”
“Para empezar, necesitáis desesperadamente a alguien que intente reparar el daño que se está haciendo a la situación del comercio de arroz. El responsable de la actual manipulación del mercado es o un imbécil, o solo un incompetente.”
“Estoy seguro de que no tengo ni idea de lo que quieres decir.”
Naoharu levantó las cejas. “¿De verdad? Que curioso. Pretenderé por un momento que eres sincero. Lo que está pasando es que ciertos elementos de tu clan están manipulando el comercio de arroz entre Grulla y Cangrejo para que el exceso de arroz que compran los Cangrejo sea más caro. No estoy seguro porque se está haciendo, dado los ricos que ya son los Grulla, pero es por una razón. Y se está haciendo mal.”
“¿Y tu deseas sacar a la luz esta… indiscreción?”
Naoharu soltó una risotada. “No, no seas ridículo. Se me ordenó servir a los Grulla, y serviré a los Grulla. Deseo corregir los errores antes de que lleven a la ruina. Los Cangrejo y los León ya tienen indicios de lo que se está haciendo. Cualquier evidencia que apoye sus reclamaciones deben desaparecer inmediatamente, y nada debería permanecer que les de más razones para sospechar de que algo está mal.”
“Interesante,” dijo el viejo Grulla. “Después de todo, quizás tengas un valor.”
“Eso diría yo,” dijo Naoharu con una sonrisa. “Me temo que no conozco tu nombre.”
“Daidoji Fumisato,” dijo el viejo Grulla. “Andemos y discutamos más del asunto.”




Shiro Kitsuki

Las tierras al sur de Shiro Kitsuki estaban sufriendo a causa de las batallas recientes. La tierra había sido revuelta repetidas veces en fango, dejando un poco atrás un camino de vegetación. Lo poco que permanecía había sido consumido por legiones de caballos que acompañaban a cualquier ejército. Y había humedad en todas partes, más de lo que el tiempo habría de permitirlo. Fusami sabia que era sangre. La vaporosidad de esta, la enfermaba, como lo hacían los enjambres de insectos y de aves carroñeras alimentándose.
La última tercera parte del viaje desde Toshi Ranbo fue la más difícil Había numerosos campamentos de soldados Grullas y León por toda la región, y ellos no eran particularmente hospitalarios. Aun así, sus papeles de viaje portaban el sello Imperial, había poco en lo que ellos podrían hacer para retrasar su viaje sin deshonrarse. Y así, lentamente, hizo su camino por la destrozada montaña a causa de la guerra hacia Shiro Kitsuki, la cual estaba firmemente detrás de las líneas delanteras del Dragón.
“Bienvenida a las tierras del Dragón.” La mujer que la saludo a su llegada era hermosa, y vestía un exquisita ropa. Su cara mostraba signos de estrés, pero su sonrisa era suficientemente calurosa. “Yo soy Kitsuki Iweko, Señora de los Kitsuki. Es un placer darte la bienvenida a tu nuevo hogar.”
“Gracias,” dijo Fusami con una sonrisa. “Hospitalidad es un encantador cambio después del viaje desde la capital.”
Iweko sonrió melancólicamente. “Lo siento,” dijo ella. “Nuestra situación podría haber sido diferente.”
“El destino no está para que nosotros lo cambiemos,” dijo Fusami.
Iweko arqueó una ceja. “Un curioso sentimiento, para un duelista. Yo he conocido muchos quienes se aseguran que su destino es suyo y suyo solo.”
“Apostaría que ese de los que tu hablas no sobrevivieron lo suficiente para divertirse en su supuesto destino.” Observó Fusami.
“Posiblemente si,” dijo Iweko “Yo entiendo que tu estilo es excepcional. ¿Practicas la técnica Kakita?”
“No,” dijo ella. “Mi técnica no tiene nombre. No puede decirse.”
“Porta el nombre de mi padre, quien creo el estilo para su clan. Yo estaba entre sus últimos estudiantes. Cuando yo dejé mi hogar en un peregrinaje del guerrero, no sabía que él era un agente del Kolat. Fue ejecutado, y su estilo se dejo de lado. Su nombre dejó huella en los archivos de toda la historia. Yo he dejado mi clan atrás, pero no violaré su decreto y diré su nombre. Seria incorrecto.”
“Entonces, por supuesto respetaremos tus deseos,” dijo Iweko. “El Señor Rosanjin esta indispuesto a su pesar, y no dejó instrucciones en como asignarte. ¿Cómo puedo confortarte como nuestra invitada hasta su regreso?”
Fusami sonrió. “Muéstrame el dojo, por favor.”



La Hacienda León en Toshi Ranbo
Kitsu Katsuko sirvió dos copas de humeante té, sus delicadas manos aparentemente no se veían afectadas por la temperatura escaldante de la botella de porcelana que sostenía. Sonrió levemente al otro lado de la mesa mientras dejaba la botella, y luego, durante unos momentos, miró inquisitivamente a su invitado. “Eres un tipo bastante curioso,” observó finalmente. “Lo contrario de lo que esperaba.”
Uchito frunció el ceño. “Gracias, mi señora,” dijo. Se quedó sentado, inmóvil durante varios momentos antes de finalmente alargando la mano y cogiendo el té. Lo sorbió con cautela, luego sonrió y lo bebió. “El té es muy bueno, gracias.”
“Siempre había escuchado que un astuto ronin nunca bebía nada que no había visto a otro beber antes,” musitó Katsuko. “¿Significa eso que no eres astuto, o que no eres ronin?”
“Supongo que significa que no soy un estúpido,” contestó Uchito. “El Shogun me ha ordenado servir al León, incluso llegando a especificar que si sus órdenes son contrarias a las vuestras, que debo ignorar las suyas.” Se encogió de hombros. “Si los León me quisieran muerto, poco podría yo hacer para evitarlo.”
La sonrisa de Katsuko se hizo mayor y parecía más genuina. “Bien dicho,” dijo ella, cogiendo el té y bebiéndoselo. “He aprendido muchas cosas sobre ti, Uchito, y todas ellas muy interesantes. La única cosa que no he descubierto es porque te pusiste al servicio del Shogun. Nadie parece saberlo.”
“Es una cuestión de honor,” contestó Uchito. “Durante su primer Shogunato, Kaneka-sama encontró al hombre que asesinó a mi padre.”
“Ya veo,” dijo Katsuko. “¿Y le vengó?”
“No,” contestó Uchito. “Le detuvo hasta que pudo localizar a mi hermano y a mi, y luego permitió que nosotros nos vengásemos.” Dejó la taza. “Por eso le serviré hasta mi muerte.”
Katsuko asintió apreciatívamente. “Eso lo respeto.” Se detuvo mientras sorbía su té. “¿Qué te esperas ahora que has jurado lealtad al León?”
“No lo sé,” dijo Uchito. “Serviré en aquello que deseéis.”
“¿Conoces a un hombre llamado Tigre Borracho?” Preguntó Katsuko fortuitamente.
Uchito frunció el ceño. “¿El líder de los bandidos? Sus hombres y él asolan las provincias Fénix del suroeste. Se han mostrado difíciles de prender debido a su acceso y familiaridad con las montañas del norte y los bosques Fénix. ¿Por qué preguntas?”
“Recientemente, los regimientos Akodo estacionados cerca de la frontera Dragón tuvieron una confrontación con este Tigre Borracho,” dijo Katsuko. “No sobrevivió, pero hemos sabido que su muerte ha creado un poco de… llamémosle un vacío de poder entre los varios grupos de bandidos en las provincias del sur Fénix. Debido a las recientes guerras del Clan Fénix y a otros asuntos internos de los que se están ocupando ahora mismo, están teniendo una época difícil ocupándose de esta situación. Aparentemente, uno de los comandantes de Shigetoshi, Akodo Bakin, se siente responsable y ha ofrecido enviar un destacamento para que ayude con la situación.”
“Interesante,” dijo Uchito. “¿Y los Fénix están de acuerdo con esto?”
“Inicialmente se resistieron, pero la oferta es generosa y puede crear buena voluntad entre nuestros clanes, por lo que han accedido. Lo que necesito es a un hombre que conozca el área y a los individuos en cuestión. ¿Eres tú ese hombre?”
“Lo soy,” contestó de inmediato. “Mi hermano y yo…” se quedó en silencio durante un momento. “Conozco bien ese área,” continuó. “Puedo liderar a tu hombre, a Bakin.”
“Entonces, muy bien,” asintió Katsuko. “Espero con ansia leer el informe de Bakin.” Ella le entregó un pergamino. “Estos son tus papeles. Vete tan pronto como estés preparado.”
Uchito cogió el pergamino. “Ya estoy preparado, mi señora.”



La Hacienda Yoritomo en Toshi Ranbo
Dos mujeres vestidas de verde anduvieron rápidamente por las salas, hablando en voz baja entre ellas. Ambas eran mujeres bellas, aunque una era obviamente más joven que la otra. Su vestimenta era exquisita, aunque la mujer de más edad mostraba más piel de lo que era considerado apropiado en público, mucho menos en un entorno de corte formal. Las dos mujeres entraron rápidamente en una pequeña y privada habitación, donde esperaba una tercera mujer. Durante un breve instante, las tres se miraron entre si sin hablar, quizás evaluándose. La más joven de las tres parecía incómoda, pero su acompañante y la mujer vestida de negro que las había esperado parecían totalmente tranquilas. “Hola,” dijo finalmente la de más edad de ambas. “Bienvenida a la hacienda Mantis. Supongo que eres Sachina, ¿la consejera nombrada por el Shogun?”
“Si,” contestó Sachina. Su vestimenta de seda negra no era tan elaborada como la de las dos Mantis, pero en todo caso estaba bien hecha. Sus ojos insinuaban un secreto que la divertía. “¿Puedo preguntar vuestros nombres?”
“Yo soy Yoritomo Yoyonagi,” dijo la mujer de más edad, “actuando como embajadora principal en la Corte Imperial. Esta es mi alumna y ayudante, Yoritomo Yashinko.”
“Hola,” dijo Yashinko con una sonrisa. “Bienvenida.”
“Gracias,” contestó Sachina. “Debo admitir que estoy sorprendida por el estilo de vuestro hogar. En mis viajes me he encontrado pocas veces con los Mantis. Muy pocas veces he estado fuera del continente más que unos pocos días.”
“Desafortunadamente para ti,” dijo Yoyonagi con una triste sonrisa. “Estoy segura que serías de mayor utilidad para el clan si estuvieses más familiarizada con nuestras costumbres. Pero me han dicho que eres muy habilidosa con las manipulaciones. Quizás encontremos algo que puedas hacer en la corte.”
Sachina levantó una ceja. “¿Si? Que suerte tengo. Me imagino que la manipulación es una habilidad muy útil.”
Yashinko frunció el ceño. “¿Por qué lo dices?”
“O, no quería ofender,” dijo Sachina. “Solo pensé que ya que tu señora decide mostrar tal escandalosa cantidad de piel, debe tener muy pocos otras herramientas a su disposición.”
La sonrisa de Yoyonagi se acrecentó. “Quedarías sorprendida. Y por lo que me han dicho, creo que tu costurera encuentra que la mía es casi una remilgada.”
“Quizás,” dijo Sachina, “o quizás solo anticuada.”
“¡Esto no nos llevará a ningún lado!” Dijo con énfasis Yashinko. “Creía que nuestro deber era servir al Mantis antes que acosarnos con insultos mezquinos.”
“Tienes razón, por supuesto,” dijo Yoyonagi. “Mis disculpas. Si vamos a ser rivales además de aliados, Sachina, quizás debamos encontrar otra salida para nuestros… ¿les llamamos impulsos competitivos?”
“Eso parece bastante razonable,” estuvo de acuerdo Sachina. “Después de todo, tenemos los meses en los que no hay corte para reprendernos la una a la otra.”
Yoyonagi se rió ante eso. “Por supuesto,” dijo. “En cuanto al presente, ¿vemos quién consigue el acuerdo comercial más rentable con un aliado? Creo que por el momento eso puede ser bastante interesante.”
“Oh, estoy de acuerdo,” dijo Sachina con una sonrisa.



La ciudad de Nikesake, la provincias Fénix
La puerta del pequeño castillo Fénix en el centro de la ciudad se oscureció bastante cuando una inmensa forma casi bloqueó toda la luz que llegaba a la sala de audiencias desde el exterior. Un hombre más grande que cualquiera que había en la ciudad entró en la habitación y dejó caer, sin ceremonia alguna, su saco de viaje en el suelo. Parecía como si dos sacos hubiesen sido cosidos juntos para hacer uno solo, y seguramente al menos cuatro kimonos habían sido cosidos el uno al otro para crear la tela que tapaba el gigantesco cuerpo del hombre.
“Hola,” dijo, su voz casi un bramido. “Estoy aquí.”
“Así es,” dijo un menudo samurai Fénix con una adusta sonrisa. “Bienvenido a Nikesake. ¿Supongo que eres el emisario del Shogun?”
“Lo soy,” contestó el hombre. “Soy Masakazu, el terror de la Aldea Amistosa con el Viajero y el ogro de las Montañas del Crepúsculo.”
“Que orgulloso debes estar,” contestó secamente el Shiba. “Yo soy Shiba Naoya. Mi hermano, el Campeón Fénix, me ordenó que supervisase tu aclimatación. ¿Ha sido agradable tu viaje?”
“Apenas,” gruñó Masakazu. “Apenas hay una decente casa de sake entre este lugar y la capital. ¿Cómo sobrevivís?”
“Está claro que es una existencia exigua,” dijo elegantemente Naoya. “¿Puedo presentarte a…”
“¡Por las Fortunas!” Juró Masakazu. “¿Es esta tu hija?”
Naoya frunció el ceño, pero la pequeña mujer que estaba a su lado se rió con alegría. “Difícilmente,” dijo ella. “Soy Isawa Ochiai, la Maestra del Fuego. Deseaba también darte la bienvenida. He oído algunas… interesantes historias sobre tu pasado.”
“Sin duda palidecen ante la verdad,” dijo el inmenso hombre, flexionando sus considerables músculos. “Creo que eres la mujer más pequeña que haya visto jamás.”
“Un halagador así como un soldado,” observó Naoya.
“Ella sabe que es preciosa, no tengo porque decírselo,” refunfuñó Masakazu.
“Gracias,” dijo Ochiai. “Me preguntaba, Masakazu, cual crees que fue la intención de Kaneka al asignarte a nosotros como su consejero.”
“Ya no soy su consejero,” la corrigió Masakazu. “Ahora sirvo al Fénix.”
“Así es, ¿pero por qué tú?” Insistió Ochiai.
Masakazu lo pensó durante un momento. “Kaneka me dijo una vez que los Shiba eran hombres buenos y honorables, pero que a veces un shugenja importante necesitaba a alguien cerca para ocuparse de cosas con algo menos de delicadeza. Supongo que me considera poco delicado.”
“No puedo imaginarme porque,” dijo Naoya. “¿En qué estaría pensando Kaneka…”
“Tranquilo, Naoya,” dijo Ochiai. “Creo que Masakazu sería un yojimbo muy entretenido.”
“Muchas bellas damas me han encontrado salvajemente entretenido,” confirmó Masakazu.
“Excelente,” sonrió Ochiai. “Entonces serás el mío, al menos por el momento.”
“¡Excepcional!” Rugió Masakazu. “¡Esto se merece sake!”
Naoya se cubrió la cara con la mano y agitó la cabeza.



Kyuden Bayushi

Daigotsu Soetsu estaba tranquilamente sentado en sus habitaciones. ‘Celda’ podría ser una descripción más precisa, pero le divertía pensar en ellas como salones para invitados. Lo irónico de la situación era que esas cámaras eran más opulentas sin ninguna comparación que las habitaciones que tenía asignadas cuando era un Hiruma, hacía demasiados años. Para el Escorpión, no obstante, esas habitaciones eran probablemente poco más que un almacén. Para él, eran todo lo que necesitaba. No había ventanas, por supuesto, y solo una simple puerta, que estaba bien vigilada en el otro lado. Soetsu se sentía seguro en sus habitaciones, no tanta como sentía, antes de que el llamado Aroru había conseguido entrar y sorprenderle hacía poco tiempo, pero había logrado encontrar su estabilidad de nuevo.
Hubo alboroto al otro lado de la puerta, y Soetsu miró con curiosidad durante unos momentos. Nadie entró, así que se reclinó de nuevo y se sentó en meditación. Pasaba muchas horas del día meditando. Era la única forma con la que podía contener sus instintos primarios, y sabía perfectamente que la violencia no le serviría en las circunstancias actuales. Los impulsos eran solamente una prueba que Fu Leng colocaba ante él, y perseveraría.
El alboroto fuera de la habitación se repitió, más alto esta vez, y Soetsu sintió una oleada de irritación. Se puso en pie y se aproximó a la puerta para ver que estaba ocurriendo. Tenía que ser cauteloso, sin embargo, porque estaba seguro que los centinelas habían sido instruidos para matarle al instante si parecía que estuviera intentando escapar. De todos modos, antes de que alcanzara la puerta, esta se abrió de repente, y una forma serpenteante apareció. Por la primera vez desde que pudiera recordar, Soetsu sintió la agitación del miedo en su pecho.
“Saludos, Loco,” dijo una siseante y sibilante voz. “Eres aquel al que llaman So-etsu, ¿sí?”
Soetsu miró a la enorme criatura que llenaba por completo la entrada a sus habitaciones. “Yo soy,” dijo desafiante. Si esa criatura había sido enviada para matarle, se lo pondría difícil.
“Soy Qelsaurth, jakla de la estirpe Cobra,” dijo la criatura, “y emisario de la raza Naga. El Sho-gun me ha enviado para hablar contigo.”
“El Shogun,” dijo Soetsu pensativamente. Recordaba vagamente una carta del Shogun hace tiempo. Se había animado a responder, pero honestamente no podía recordar que es lo que el Shogun le requería. Le había parecido inocuo en aquel momento, y Soetsu se había contenido de entretenerse en ello para no despertar sospechas innecesarias.
“El Sho-gun,” repitió el Naga. “Mi amigo, el llamado Kaneka.” Viendo que Soetsu no respondía, inclinó su cabeza a un lado. “¿Hablas el idioma humano común?”
“Sí,” respondió Soetsu, casi mecánicamente. “No entiendo por qué estás aquí.”
“El Sho-gun ha colocado consejeros entre las estirpes humanas llamadas clanes,” dijo Qelsaurth. “Desea respetar los deseos de su ‘compañero de incubación’, el llamado Emperador, que no ordenó tu muerte. Así que, el Sho-gun desea respetarte como el invitado del Emperador hasta que llegue el momento en que el Emperador ordene tu muerte.”
“Muy acertado,” dijo Soetsu, sin intentar evitar el sarcasmo de su voz.
“Solicité el puesto como tu consejero,” continuó Qelsaurth. “Me interesaba la posibilidad de estudiar un espécimen cautivo de los Perdidos y descubrir más sobre vuestros defectos.”
Soetsu miró a su alrededor rápidamente. “¿Y el Escorpión ha permitido tu entrada sin ninguna queja?”
“Parecían bastante agitados,” admitió el Naga. “su señor desea hablar con el Sho-gun, pero ha preferido no ignorar su edicto.”
“Interesante,” dijo Soetsu. “¿Qué es lo que deseas discutir, entonces?”
“Una gran cantidad de cosas,” dijo ansioso Qelsaurth. “Ha pasado demasiado desde que mi gente volvió a dormirse. Deseo comprender, si deseas compartirlo conmigo.”
Soetsu afirmó. “Será bastante aburrido,” admitió. Hizo un gesto hacia la mesa baja en la habitación. “¿Nos sentamos, pues?”



Shinden Horiuchi, las provincias Unicornio
Las puertas del templo se abrieron a pesar de que no había guardias atendiéndolas. Un solitario hombre salió al húmedo aire de otoño. Sonrió ampliamente a la viajera que se acercaba. “Hermanita,” dijo con cariño. “Bienvenida a casa.”
Rikako sonrió. “Ha pasado mucho tiempo desde que alguien me había llamado eso,” dijo ella. “No me había dado cuenta de que lo echaba de menos.”
“Muchos de nosotros hemos echado de menos a la niña a la que una vez llamábamos hermana,” contestó el hombre. “Todos te daremos la bienvenida al redil.”
La sonrisa de Rikako se amplió. “Me alegra volverte a ver, Shem-Zhe.”
Horiuchi Shem-Zhe asintió. Su sonrisa vaciló durante un momento, y su frente se arrugó. “Rikako, ¿qué le has hecho a tus manos?”
La shugenja miró sus manos. En cada dedo, una larga y oscura uña sobresalía varios centímetros de la punta de sus dedos. Una triste sonrisa apareció en su cara. “Un desafortunado producto secundario de un acuerdo con un poderoso espíritu. Al otro lado de las arenas llaman a esos acuerdos geas. Desagradable, pero he descubierto que con el paso del tiempo bien valió la pena.”
La sonrisa de Shem-Zhe se evaporó. “Debes ser cauta, Rikako. No se debería traficar a la ligera con espíritus así, que exigen un tributo como este.”
“Lo sé,” dijo ella con una sonrisa de agradecimiento. “Soy muy cautelosa. Solo deseo aprender lo más posible. Pero no me juego mi alma por la sabiduría. No he olvidado las lecciones de Shoan-sama.”
La mirada de preocupación permaneció durante un momento en la cara del viejo Unicornio, y luego desapareció. “Basta de estas cosas,” dijo con amabilidad. “Estamos encantados con volverte a tener en Shinden Horiuchi. Espero que te quedes con nosotros durante algún tiempo.”
“Desafortunadamente, no,” dijo ella. Cogió un pergamino de su obi. “Estas son las órdenes que recibí de la embajada Unicornio en Toshi Ranbo. Tengo que presentarme en otro lugar dentro de tres días.” Ella sonrió afectadamente. “Creo que subestimaron la velocidad en que viajo.”
Shem-Zhe frunció el ceño. “¿Puedo?” la cogió el pergamino y lo desenrolló. Lo leyó rápidamente, su expresión volviéndose de mayor preocupación a cada momento. Murmuró algo en voz baja y se frotó los ojos con sus dedos.
“¿Qué pasa?” Preguntó Rikako.
“El Khan ha ordenado que trabajes para Moto Tsusung hasta que se pueda confirmar tu lealtad,” contestó.
“Si,” dijo ella. “No conozco a este Tsusung. ¿Hay un problema?”
“Tsusung es el cabeza de una secta que hay dentro del clan que venera a los Shi-Tien Yen-Wang, los también llamados Señores de la Muerte. Son poderosos espíritus gaijin que ahora son los jueces de los espíritus de los muertos en Meido.
Los ojos de Rikako brillaron. “He oído hablar de estos Señores de los que hablas,” dijo excitadamente. “Siempre he encontrado la idea muy interesante, pero pocos hablan de esas cosas a los ronin.”
“¿Interesante?” Shem-Zhe agitó la cabeza. “Peligrosos es lo que yo les llamaría. Que no te atraigan sus rituales, hermanita. Es demasiado peligroso.”
Rikako sonrió y no dijo nada.



El Palacio Imperial, Toshi Ranbo


El Shogun caminó a través de los salones vacíos del Palacio Imperial con un gesto amenazador en su rostro. La Corte había sido aplazada durante un corto periodo, y muchos representantes habían vuelto a sus hogares para conferenciar con sus señores de cara a la inminente Corte de Invierno. Parecía raro discutir esas cosas, dada la opresiva humedad de la ciudad, pero Kaneka suponía que pocos se habrían percatado de esa discrepancia.
Kaneka echó un vistazo al pergamino que requería su presencia, comprobándolo una vez más para confirmar que el sello del Canciller Imperial fuera legítimo. Parecía serlo, pero no podía imaginar por qué el anciano desearía hablar con él. Ambos habían hablado muy raramente en el pasado, y sentía una marcada aversión por Bayushi Kaukatsu. El viejo era casi imposible de predecir, y eso lo hacía extremadamente peligroso. Kaneka odiaba los peligros que no pudiera combatir personalmente, y por eso lo evitaba. Se detuvo tan pronto entró en las cámaras de la Corte Imperial, inseguro de lo que podría encontrarse.
“El Shogun,” dijo la voz grave de Kaukatsu. El anciano estaba sentado en su estrado, donde permanecía normalmente durante las sesiones de la corte. Se abanicó indolentemente y señaló con la cabeza hacia los que estaban a su lado. “Creo que conocéis a mi señor Bayushi Paneki.”
“Así es,” dijo Kaneka con un respetuoso cabeceo. Había un segundo Escorpión que no conocía, e, inexplicablemente, un Nezumi. “Se me ha informado que vuestra prometida ha sido recuperada, Paneki-sama. Es una gran guerrera, y sirvió bien a mi hermana.”
“Gracias,” dijo Paneki. “Enviaste un Naga a mi hogar.”
Cualquier otro día, aquello podría haber parecido una extraña frase, pero últimamente Kaneka estaba acostumbrado a las rarezas. “Lo hice.”
“El embajador de los Perdidos es mi responsabilidad,” dijo Paneki. “No toleraré interferencias, ni siquiera del Shogun.”
“He hecho sólo lo que debía para mantenerme fiel a los deseos del Emperador.”
“El deseo del Emperador es que ese embajador sea retenido en Kyuden Bayushi y controlado por mi,” dijo Paneki, con un raro tono de ira tintando su voz. “Vuestra interferencia no es ni necesaria ni apreciada.”
“Esa es vuestra opinión,” dijo Kaneka.
“Cuando vuestro hermano vuelva,” dijo Paneki, “deberéis explicaros. Hasta entonces, dejaré aquí a mi vasallo para vigilar mis intereses en la ciudad personalmente.” Hizo un gesto hacia el joven tras él. “Shosuro Jimen puede ser joven, pero confío en él bastante más que en vos.”
Kaneka forzó una sonrisa. “Es vuestro derecho como Campeón.”
“Y lo ejercitaré ahora,” insistió Paneki.
“¡La Tribu Única rechaza igualmente vuestra defensa de esta madriguera!” dijo el Nezumi Zin’tch. “¡Eres amigo de los Naga! ¡La Tribu Única no puede confiar en ti!”
“Sí,” dijo Kaneka. “Bien... mis disculpas, embajador.”
Con Kaukatsu sonriendo extrañamente, los tres Escorpión y el Nezumi salieron. De este modo, Kaneka se quedó solo en las habitaciones de la Corte Imperial. Las cámaras parecían mucho más grandes cuando estaban vacías, pero por supuesto eso era algo que raramente ocurría. Kaneka respiró profundamente, ignorando la extraña mezcla de perfumes e inciensos, e intentó aclarar su mente. Todo era ahora muy complicado, incluso sus sueños estaban llenos de disputa e intrigas. Allí no parecía haber descanso nunca.
Los ojos del Shogun se orientaron al trono en la parte delantera de la sala. Parecía una cosa tan simple, y aun así la ciudad entera estaba envuelta en el caos por la cuestión de si deseaba o no sentarse en él. ¿Cuál era el problema? ¿Que diferencia había?
La puerta se abrió y alguien entró. Kaneka reconoció los pasos sin necesidad de volverse. “Danjuro,” dijo sin emoción. “¿Qué crisis nos está atormentando ahora?”
“Ninguna,” dijo su lugarteniente en bajo. “Perdonad mi intrusión. Solamente deseaba ver si... si estabais bien.”
Kaneka echó un vistazo por encima del hombro al samurai Fénix con expresión agradecida. “Estoy tan bien como puede esperarse, dadas las circunstancias,” dijo.
Danjuro se inclinó bruscamente. “Entonces os dejaré con vuestros pensamientos.”
“Espera,” dijo Kaneka mientras el más joven se giraba para irse. “Quiero hacerte una pregunta.”
“Como no,” dijo Danjuro.
Kaneka se quedó callado un momento, sin apartar sus ojos del trono. “¿Es cierto, Danjuro?” preguntó en voz baja. “¿Es inevitable que acabe viendo ese trono como mío, y pierda todo lo que he creado por intentar conseguirlo?”
Danjuro no dijo nada durante un instante. “Creo que sois un hombre grande y honorable,” dijo finalmente, “y que hay demasiados que pretenden utilizaros como una herramienta para sus luchas de poder. ¿Cómo puede un hombre soportar tantos susurros egoístas? No lo se. No tengo vuestra fuerza.”
“Esa no es la respuesta,” observó Kaneka. “¿Temes responderme?”
Danjuro se quedó congelado. “No creo que vayáis a tomar el trono, aunque creo que hay muchos que intentarán animaros a que lo hagáis.”
“Chagatai,” dijo Kaneka. “Quizás incluso Kaukatsu.”
“¿Kaukatsu?” dijo Danjuro dubitativo. “¿El Canciller?”
“Está jugando a algo, y cree que soy una pieza de su tablero,” dijo Kaneka. “No conozco aún que juego, pero lo averiguaré suficientemente pronto.” Permaneció quieto por un largo momento. “Danjuro, ¿recuerdas la Caza de Sangre?”
El samurai Fénix parpadeó por la sorpresa. “Por supuesto, Kaneka-sama.”
Kaneka agitó su cabeza. “Asumí el mando de las Legiones sin la autoridad para hacerlo,” dijo. “Arrasamos el Imperio y matamos a cientos, quizás miles, de Portavoces de la Sangre. Fácilmente podría haber sido un golpe de estado. Podría haberse convertido en una guerra civil.”
“Vos no haríais tal cosa,” dijo Danjuro.
“Lo pensé,” dijo Kaneka. “¿Sabes por qué no lo hice?” se volvió hacia el trono. “Por el Emperador. Por mi hermano, Naseru.”
Danjuro agitó su cabeza. “No lo entiendo.”
“Yo era una amenaza para su trono en aquel momento,” dijo Kaneka. “En aquellos meses, podría haberle arrebatado el Imperio de sus manos, y no hizo nada. No porque fuera débil o impotente, sino porque sabía que yo podía derrotar a los Portavoces de la Sangre. Estaba dispuesto a arriesgar su trono para asegurar que una amenaza a su pueblo pudiera ser eliminada para siempre.”
Danjuro sonrió. “El Justo Emperador es un gran hombre.”
Kaneka levantó la mirada del suelo. “Le prometí que nunca buscaría el trono. Ahora él lo ha abandonado y se ha marchado en busca de iluminación. ¿Cómo cambia eso el peso de promesa?”
“No lo se,” respondió Danjuro.
“Yo sí.” Kaneka colocó las espadas en su obi y miró por última vez sobre su hombro. “No lo cambia en absoluto.” Se volvió hacia su amigo y sonrió. “Vamos, Danjuro. Tenemos una ciudad, un trono, y una Emperatriz que proteger. Incluso si ellos no desean nuestra protección.”
“Hai, Shogun.”


por Shawn Carman
Editado por Fred Wan
Traducción de Hida Foxdie, Mirumoto Yami, Bayushi Elth & Mori Saiseki

25.9.06

La Batalla en la Tumba - Primera Parte

Toshi Ranbo, la Ciudad Imperial, año 1160
Las celebraciones de fuera habían alcanzado un nivel enfervorizado. Nunca antes había habido un festival o ceremonia que hubiese resultado en ese júbilo entre la gente de Toshi Ranbo. En el último siglo, los ciudadanos de esta a menudo sitiada ciudad pocas veces habían tenido rezones para celebrar, ya que su hogar era a menudo presa de los asedios y de la guerra. La ciudad había cambiado de manos entre León y Grulla más de diez veces solo en el último siglo, y la cuenta de cuantos cambios habían tenido lugar antes de eso era algo discutido por ambas partes.
Ahora, la ciudad estaba en un proceso de reconstrucción como nunca antes se había visto, y eso solo era un gran logro. En un acuerdo sin precedentes, los Campeones León y Grulla habían ofrecido la ciudad para que fuese la nueva Capital Imperial, y juraron defenderla juntos de cualquiera que la amenazase. Así fue como había llegado a ser la nueva Ciudad Imperial, reemplazando la grandeza y la tragedia que una vez fue Otosan Uchi, y aquí fue donde el más reciente Emperador de Rokugan, el hombre anteriormente llamado Hantei Naseru, había sido coronado Emperador Toturi III. Incluso ahora, mientras estaba en el balcón observando las celebraciones que había en la calle, Naseru no pudo evitar sonreír. Gran parte de los últimos años solo habían sido tiempos difíciles para el pueblo de Rokugan. Le alegraba que ahora, aunque solo fuese durante un tiempo, pudiesen olvidar los sufrimientos que habían dominado sus vidas.
"Hay pocos hombres que puedan decir que han tenido a un Emperador entre sus alumnos," dijo una voz que le era familiar, frágil por la edad. "Me enorgullece ser uno de ellos."
Naseru se volvió, su sonrisa aumentando. "Y hay menos aún que puedan decir que su sensei estaba vivo en la época de los Kami. Me honra poder decirlo."
"Una broma sobre mi edad," dijo simplemente Ide Tadaji. "Veo que la dinastía de vuestro padre prospera." La cara del viejo mostró una sonrisa mientras se arrodillaba. "Me honra poder seguir a vuestro servicio, mi Emperador."
"Levanta, por favor," dijo Naseru. "Nunca tendrás que inclinarte ante mi, Tadaji-sensei."
"Si, tengo que hacerlo," dijo Tadaji. "Me honra más de lo que podéis pensar el que me digáis algo así, mi Emperador, pero no debéis hacerlo. Por vuestro bien."
La sonrisa de Naseru vaciló. "¿Qué quieres decir?"
"Quiero decir que ahora sois Emperador. Debéis tratado con reverencia en todo. Permitir que otro no lo haga, incluso vuestros mejores amigos y aliados, incluso vuestra propia familia, menoscabará vuestro reinado. Eso no se puede permitir jamás, y por ninguna razón."
Naseru ladeó la cabeza con curiosidad. "Ese consejo no parece tuyo, Tadaji-san."
"Es una lección universal," dijo Tadaji asintiendo. "Una que con el tiempo todos los Emperadores deben aprender. Solo quiero evitaros la incomodidad que conlleva esa lección."
"Yo soy el Emperador," dijo Naseru. "Se decidió entre los hijos de mi padre, y fue bendecido por los Cielos. Nuestro enemigo en las Tierras Sombrías ha sido derrotado, y las disputas entre los clanes han acabado. No hay descontento entre mi pueblo. Es un tiempo de paz, igual que hubo en los días del reinado de mi padre."
Tadaji sonrió con tristeza. "Veis el pasado con ojos de juventud," musitó. "¿Paz? Apenas hubo paz en los tiempos de vuestro padre. Quizás durante un tiempo, ya que la Guerra de los Clanes, la Guerra contra la Oscuridad, y la Guerra de los Espíritus dejaron simplemente a los clanes sin recursos para librar más guerras. Si el reinado de vuestro padre hubiese continuado, se hubiese enfrentado a las mismas luchas que os esperan a vos."
"Habrá paz," insistió Naseru.
"Deseo más que nada que eso pudiese ser verdad," dijo melancólicamente Tadaji. "¿Pero de verdad lo creéis ?"
Naseru se quedó en silencio durante un tiempo. "Deseo creerlo," dijo finalmente. "Deseo creer que todos los sacrificios que he hecho, que todos los que murieron bajo por mis órdenes, significarán la paz para el pueblo de Rokugan."
"Espero que un día esas cosas ocurran," dijo Tadaji. "Y quizás durante un tiempo sea así. Pero la simple verdad, una que nunca os ha sido dada es está: el que consiguieseis el trono ha sido quizás la parte más sencilla de vuestro viaje, mi señor. Los tiempos más difíciles aún los tenéis delante vuestra. Deberéis hacer sacrificios aún mayores, y al mismo tiempo no podéis permitir que vuestro carácter u honor tengan el menor atisbo de duda. Las amenazas frontales son fácilmente lidiadas, pero pocas veces os enfrentaréis a ellas. La sutileza será el arma que vuestros enemigos usarán contra vos, y ante eso deberéis moveros cuidadosamente entre bastidores y no permitir que los otros vean algo."
El Emperador sonrió irónicamente. "Palabras poco reconfortantes escucho de mi consejero."
"Y no por eso son menos verdad," continuó Tadaji. "Habéis hecho cosas siniestras para llegar hasta aquí, ¿verdad?"
"Demasiadas," admitió Naseru en voz baja.
"No las suficientes," le corrigió Tadaji. "El número de actos así que os veréis forzado a cometer ahora será innumerable. Antes, teníais aliados y enemigos que podían ser manipulados. Ahora, solo tenéis servidores y enemigos. Vuestros enemigos serán más peligrosos, y vuestros servidores se gastarán contra ellos como piedras en una partida de go." El viejo agitó la cabeza. "Observé como se vio forzado vuestro padre a hacer muchas veces esos sacrificios. Le pesaron mucho, pero vos habéis llevado esa carga toda vuestra vida. Seréis más fuerte ."
"Mi padre," dijo Naseru. "No puedo creer que él jamás tomase las decisiones que yo me he visto forzado a tomar para llegar hasta aquí. Era un hombre de un honor irreprochable."
"Todos los Emperadores toman decisiones difíciles," insistió Tadaji. "Toturi las escondió de los demás. Comprendía que el trono nunca debe parecer ensuciado, sea cual sea las amenazas a las que se enfrente. Aquellos que desafiaban simplemente… desaparecían. Nadie supo nada." El viejo levantó las palmas de sus manos, como si pesase algo. "Considera la diferencia con vuestro primer sensei, Hantei XVI. Él se aseguró de que todo el mundo conociese lo despiadado que era, y el precio que pagó fue muy alto."
"Apariencias," dijo simplemente Naseru. "Había pensado que el Emperador estaba sobre ese tipo de preocupaciones."
"Nadie lo está, especialmente el Emperador." Tadaji se detuvo un momento, golpeando con el dedo su mentón. "Pensad en esto por un momento. Entre vuestros partidarios había los que pensaban que erais digno de gobernar porque llevabais el nombre Hantei. Ahora que lo habéis descartado, y justamente en mi opinión. ¿Qué hay de esos partidarios vuestros? ¿Os mirarán con el mismo fervor ahora que habéis disuelto el pacto que vuestro padre hizo con el Crisantemo de Acero?"
"Mi primera proclama se recordará como la de un rompe juramentos." Naseru miró otra vez hacia el balcón. "Esperaba que ese tipo de cosas ya las habría dejado detrás. Supongo que una estúpida esperanza."
"¿Estúpidas?" Musitó Tadaji. "Quizás. Pero solo son un indicador de vuestro carácter. Estáis más preparado para ser Emperador que cualquier hombre vivo, Toturi-sama. Vuestro padre se sentirá orgulloso del legado que construiréis para vuestros hijos."
Naseru continuó mirando hacia el balcón. "¿El que habla es el amigo, Tadaji? ¿O el servidor?"



Los Jardines Imperiales, año 1166

Era raro que el Emperador pudiera dejar a un lado sus preocupaciones diarias y pudiera disfrutar de un pequeño momento de tranquilidad en solitario en los jardines Imperiales. Todas las especies de plantas presentes en el Imperio estaban representadas, incluso una amplia variedad de especies de las islas Mantis y un puñado de exóticas flores que el Unicornio trajo de sus viajes más allá de las fronteras de Rokugan. Shugenjas al servicio del palacio aseguraban que el clima en los jardines era siempre primaveral, así que uno siempre podía encontrar delicadas y preciosas flores incluso cuando una ligera nevada estaba cayendo sobre ellas, como ahora. Si había alguna serenidad en el palacio, estaba contenida en los jardines.
Que trágico, entonces, musitó Naseru, que fuera falsa.
Hubo un susurrante ruido tras él. Naseru sonrió levemente pero no se giró. En su lugar, tomó asiento en uno de los varios tableros de go distribuidos por los jardines. "De todas las cosas que admiro de ti, Sunetra, creo que quizás tu impecable puntualidad es mi favorita."
La joven Escorpión que permanecía cerca no dijo nada, esperando en silencio. Su grueso abrigo oscurecía virtualmente cualquier detalle sobre ella, aunque el brillante azul de sus ojos podía entreverse vagamente incluso con la pobre luz.
"Puedes hablar," dijo Naseru. "Es seguro aquí." Hizo un gesto hacia el suelo, donde los círculos rituales para duelos de taryu-jiai, el método tradicional de duelos shugenja, estaba inscrito en el suelo.
Sunetra contempló el círculo. "Estas inscripciones no son como las que hay en el resto del palacio."
"Muy bien," dijo el Emperador. "En la que tu estás, y las que rodean donde yo estoy sentado, son únicas. Mi hermano las diseñó, y un bastante brillante y incuestionablemente leal shugenja creó un código único para asegurar que nadie pueda descifrarlo."
La Escorpión pensó por un momento. "¿En qué medida creéis que el personal de vuestro palacio está involucrado?"
"No puedo saberlo con certeza, pero cualquier involucración es demasiada," respondió Naseru.
"¿Podemos fiarnos de estos círculos?" continuó Sunetra. "El código puede ser roto."
"Improbable."
"El shugenja que creó el código pudo dejar escritos, o pudo haber sido obligado a revelar las claves."
Naseru meneó la cabeza. "Lo admito, pero puedo asegurar que algo así no ha podido ocurrir."
"Ya veo," dijo Sunetra, inclinando su cabeza respetuosamente. "¿Cómo puedo serviros, mi Emperador?"
"He estado muy preocupado últimamente, Sunetra," dijo Naseru, su expresión volviéndose sombría. "Cuéntame de nuevo tu derrota en la Torre Ensombrecida."
Sunetra frunció el ceño. "Fue en la villa de Pokau. Golpeamos simultáneamente todos los recursos identificados de la Torre, incluido el alojamiento de su maestro oculto en la ciudad. Vi morir a Atsuki con mis propios ojos, golpeado por mi agente Kamnan."
"¿Estás segura de que está muerto?"
"Completamente," respondió Sunetra de inmediato. "Vi como lo cortaba en dos."
"¿Confías en Kamnan?" preguntó en voz baja Naseru. "¿Crees a Atsuki incapaz de preparar cualquier clase de engaño avanzado para conseguir exactamente lo que viste?"
Sunetra comenzó a decir algo, pero se detuvo. Lo pensó por un momento. "Hice... inspeccionar sus restos. No había indicación de ningún tipo de que fuera un duplicado o un impostor. Estoy tan segura como puedo estarlo con un hombre como Atsuki."
"Reconfortante," dijo Naseru, rascándose la barbilla. "Y ahora, estoy menos seguro. Dime que sabes del Gozoku."
"Una conspiración política de hace varios siglos," dijo Sunetra a su vez. "Conspiraron para reducir al Emperador a un títere, pero fue desmontado por la Emperatriz Yugozohime." Frunció el ceño profundamente. "Atsuki estaba entre los líderes originales de la conspiración," añadió con un deje de vergüenza en su voz.
"Así era de hecho," confirmó Naseru. "Últimamente he visto varios signos que me preocupan enormemente. Temo otra conspiración semejante que crece entre nosotros incluso mientras hablamos. ¿Piensas que es una extraña coincidencia, Sunetra, que algo así ocurra tan pronto desde la supuesta muerte de Atsuki?"
Sus rasgos se congelaron como si fueran piedra. "Parece extremadamente improbable," dijo suavemente.
"Coincido," respondió Naseru. "Creo que puede estar aún vivo, y que es parte importante de esta incomodidad." Dirigió una torva mirada hacia la Campeona del Escorpión. "Me has fallado, Sunetra."
Ella se arrodilló de inmediato. "Mi fallo es imperdonable," dijo. "Permitidme limpiar el honor de mi familia, mi Emperador."
"No seas ridícula," dijo cortante. "No descarto a mis vasallos tan descuidadamente. Tienes habilidades excepcionales, y el honor de tu familia no es nada comparado con mis necesidades."
Ella le miró, confusa. "¿Qué es lo que queréis de mi, Toturi-sama?"
"Necesito tus talentos únicos. No hay nadie que pueda competir contigo en habilidad."
"¿Y vuestro vasallo ronin?"
Naseru sonrió. "Yamainu es útil, de eso no hay duda, pero no moriría por mi. Mata, sí, con gran entusiasmo y eficacia. ¿Pero moriría por mí? No es tal su naturaleza. Por eso, hay cosas que no puedo confiarle a él. Ahí es donde entrarás tu."
"Así será," dijo ella a su vez. "Estoy a vuestras órdenes, como siempre ha sido."
"Eres mi mano oculta," dijo Naseru. "Tienes tres meses para dejar tus asuntos cerrados. Pasado ese tiempo, cederás tu posición como Campeón del Escorpión a un sucesor de tu elección. Simplemente desaparecerás. Serás una criatura de las sombras, y llevarás a cabo cualquier tarea desagradable que te encomiende."
Sunetra palideció levemente, pero inclinó su cabeza. "Si ese es vuestro deseo, así será."
"Lo que pido es excesivo, lo se," dijo él. "Te estoy condenando a una vida de soledad y vacío. No tendrás aliados, ni camaradas. Morirás sola, olvidada y sin nadie que llore. Y traicionarás todo lo que consideras amado, sin reserva, a cualquier orden mía. ¿Entiendes lo que te estoy ordenando hacer?"
"Lo entiendo," dijo en voz baja.
"Muy bien," replicó él. "Puedes ofrecer tus servicios a tu nuevo Campeón, si quieres. Cuando no estés en una tarea encomendada por mi, podrás ayudar a tu clan en la forma que consideres apropiada. Eso te lo permitiré. Cuando te llame ante mí, sin embargo, me responderás de inmediato, sin importar las consecuencias para el Escorpión. ¿Entendido?"
"Perfectamente."
"Excelente. Entonces dedícate a tus asuntos como te he instruido. Una vez que la transición de poder haya finalizado, infórmame de la misma forma que esta noche. Tendré más información en ese momento, y tu caza de Atsuki comenzará de nuevo."
Sunetra se puso en pie y se inclinó profundamente, entonces se giró para irse.
"Esto no es ninguna clase de castigo," dijo Naseru a su espalda. "Simplemente es necesario."
"Por supuesto, mi Emperador."



El Palacio Imperial, año 1166


El Emperador caminaba por los pasillos de palacio, las manos metidas en las mangas. Su cara era adusta y demacrada, y todos los que escuchaban su llegada se apartaban para darle privacidad. Andaba con decisión, evitando cualquier pasillo que le hiciese encontrarse con alguien, hasta que llegó a sus habitaciones. No le causó ninguna sorpresa el descubrir que alguien esperaba su llegada, aunque si le sorprendió algo su identidad. "No deseo ver a nadie ahora, Sezaru," dijo.
"Como deseéis, mi señor," dijo Isawa Sezaru con una reverencia. "Acabo de enterarme de la noticia. Deseaba ver si estabais bien."
"¿A qué noticia te refieres?" Preguntó Naseru con expresión perversa. "¿La noticia de que uno de los antiguos amigos de nuestro padre ha muerto? ¿La noticia de que los Fénix han estado ocultando una ciudad llena de peligrosos artefactos? ¿O quizás la noticia de que los Portavoces de la Sangre ahora tienen muchos de esos artefactos en sus manos? La verdad es que no puedo elegir solo una. Las encuentro todas igual de interesantes."
Sezaru se inclinó. "Entiendo vuestra ira, Toturi-sama. No sabía de la existencia de la ciudad escondida o me hubiese asegurado de que vos también os enteraseis. Descubriré que otros secretos han ocultado los Fénix, si ese es vuestro deseo."
"No," dijo Naseru. "Si te entrometes en sus asuntos, parecerá que lo haces porque yo te lo he mandado, y yo pareceré aún más ignorante. Eso no es aceptable."
"Por supuesto. No quería ofenderos."
Naseru hizo un gesto, obviando el comentario. "No dudo de tus motivos, Sezaru. Nunca lo he hecho. ¿Cómo progresa la lucha contra los Portavoces de la Sangre?"
"No tan bien como yo desearía," admitió Sezaru. "Cada vez que destruimos uno, otro se esconde más entre las sombras. Les destruiré, pero llevará tiempo."
"Haz lo que debas, pero no te entretengas," ordenó Naseru. "Cada día se vuelven más fuertes, y más caen bajo sus cuchillos."
"Hombres como Toku-sama," dijo Sezaru en voz baja. "Su vida valía más que la de todos los Portavoces de la Sangre que han vivido."
"Nunca he conocido a un hombre tan verdaderamente virtuoso," admitió Naseru. "Tan exento de engaño o rencor. Era único, y ahora se ha ido."
"Construye un altar en su memoria, hermano," dijo Sezaru, dejando a un lado las formalidades por primera vez, que recordase Naseru. "Recuérdale como lo habría hecho padre." El shugenja se puso la máscara en la cara y se inclinó. "Regreso a la batalla, mi Emperador." Con eso, simplemente desapareció.
Naseru se quedó en la entrada durante varios minutos, considerando las palabras de Sezaru. Toku debía ser recordado, de eso no había dudas. Lo que no se le había ocurrido es que el gran general aún podía hacer un último servicio a la dinastía Toturi, en la muerte igual que lo había hecho en vida. La única cosa cierta era si el espíritu del padre de Naseru podría descansar fácilmente sabiendo que su hijo había usado la muerte de su gran amigo para promover su propia agenda.



La hacienda de Seppun Toshiaki, año 1167

El viejo Toshiaki cerró el panel tras él, deslizándolo. Los sirvientes se habían ido ya esa noche, como él les había ordenado. Tras un día como el de hoy, tan lleno de tensión y estrés, necesitaba soledad para sobreponerse a su inevitable frustración. El té que había especificado estaba preparado justo como él había ordenado, y sorbió delicadamente de la taza. Parecía que el chef más reciente había finalmente dominado sus bastante específicas necesidades culinarias. Por eso, al menos, estaba agradecido. Se había cansado bastante de pasar de uno a otro buscando un chef que fuese algo competente.
No fue hasta que no se estaba sirviendo su segunda taza que no se dio cuenta de que había algo raro. La sensación era sutil, como enmascarada. Toshiaki dejó la taza con expresión irritada. Alguien había perturbado sus habitaciones. Quizás un sirviente que no tenía permiso, o uno de sus múltiples enemigos. En cualquier caso, alguien había perturbado la inviolabilidad de su hogar, y habría repercusiones. Toshiaki no había llegado a mandar la Guardia Oculta gracias al poder político, y si alguien creía que era un objetivo fácil para sus interferencias, pronto encontrarían que su ira era terrible.
Hubo un soplido, y de repente Toshiaki estaba ciego, sus ojos quemándole y lloraba incontrolablemente. Dio un grito ahogado y levantó una mano, diciendo una rápida oración a los kami y soltando un rayo que destrozó madera al otro lado de la habitación. Algo golpeó al viejo shugenja en un lado de la cara, algo metálico y blandido con fuerza excepcional. Toshiaki escuchó como se le rompía el mentón, y balbuceó de dolor.
Algo fue vertido sobre la parte inferior de su cara. Era líquido, pero espeso y caliente. Ató sus labios como un sello de cera, pero cuando intentó quitárselo con los dedos no consiguió arrancarlo. El mal olor era increíble. Otro líquido fue vertido sobre su cara, pero esta vez solo era agua. Sus ojos se aclararon, pero no pudo liberar su boca del compuesto que rápidamente se endurecía y que la obstruía.
Tenía a un hombre ante él, vestido con la raída túnica de un ronin. Su cara llena de cicatrices y con pelos canosos no mostraba expresión alguna, y Toshiaki vio como se metía una pequeña botella en su obi. El viejo intentó débilmente coger la daga que siempre tenía en el cinturón. Su oponente el miró con expresión enfadada y le dio un golpe hacia un lado a la daga antes de que el shugenja pudiese desenvainarla. Con su otra mano, el ronin agarró el pelo del viejo y golpeó con fuerza su cabeza contra la superficie de la mesa. El dolor que sintió en la cabeza fue increíble, y el renovado dolor de su roto mentón amenazó con abrumarle completamente.
El ronin le empujó al suelo y puso un pie en su cuello. "Escucha bien," siseó, su voz poco más que un susurro. "Tengo un mensaje para ti, y me llevó una eternidad memorizarlo entero. Si interrumpes, tender que volver a empezar. Y sufrirás por ello." Aclaró la garganta, y luego empezó. "'Hola, viejo amigo. Siento no haber podido venir en persona, pero por supuesto comprendes que eso no es posible. Apenas eres el adversario que me imaginé que eras. Creía que eras un hombre de verdadero poder, pero no eres nada más que un espía y un peón. Tu bochorno en el funeral del General te ha convertido en inútil para tus señores, y por ello ya no me sirves. Has sido una irritación para mi, Toshiaki, y ahora he decidido que ha llegado el momento de acabar con esa irritación. Consuélate con que, en la muerte, solo te queda un único uso para mi.'"
Con eso, el ronin quitó el pie de la garganta de Toshiaki, permitiendo al viejo que llenase sus pulmones con grandes resollos a través de la nariz. "Una vez que el mensaje ha sido entregado, mi trabajo es simple," continuó el ronin. "Debo asegurarme de que los que conspiraron contigo comprenden el destino que les espera." El hombre se arrodilló junto a Toshiaki y blandió un cuchillo. La hoja brilló en la tenue luz, igual que su siniestra sonrisa. "Mi destino," dijo con una sonrisa de satisfacción, "es servir."


Por Shawn Carman

Traducción de Bayushi Elth & Mori Saiseki