El sur de las Llanuras del Corazón del Dragón eran rocosas y planas, con áreas de piso extremadamente traicionero y escasos lugares donde hubiese agua. No tenía tan mal agüero como la parte norte, donde yacían las ruinas de los Chuda, pero casi siempre estaban igual de desiertas. Usualmente, pero no ahora. Las fuerzas Dragón que retrocedían de Kosaten Shiro habían acampado aquí, deteniéndose en Nanashi Mura para recoger los suministros que tan desesperadamente necesitaban antes de completar su marcha de vuelta a Shiro Mirumoto. Las fuerzas Grulla que les perseguían habían acampado a cierta distancia, las primeras unidades, de despliegue rápido, esperando impacientes a los refuerzos necesarios para enfrentarse a los Dragón. Los generales de los dos ejércitos estudiaban sus mapas y planeaban. Sin cesar, exploradores patrullaban la tierra entre ambos y a veces se enfrentaban entre si. El resto de los hombres esperaba, preparándose para la inminente batalla en la forma que le parecía mejor. Y así fue como Daidoji Yaichiro se encontró con tiempo para pintar.
No lejos del campamento Grulla había una pequeña colina, demasiado baja para convertirse en un buen puesto de observación, pero en cualquier caso con una atractiva vista. Yaichiro se arrodilló en la cresta de la colina, mirando hacia el norte, el blanco papel ante él, sujetado por pequeñas piedras. Cerca había otros cuantos dibujos, también sujetados por piedrecillas. Yaichiro ignoró el viento que intentaba provocar a que su largo y blanco pelo saliese de su moño, y en vez de eso estudió el paisaje que tenía ante él, absorbiendo cada quiebro y elevación que conformaba su superficie, cada matorral y roca que le daba textura. Cuando pensó que no podía aprender más observándolo cogió su pincel, lo frotó contra la piedra de tinta que tenía preparada, y empezó a pintar. Trabajó con rapidez pero sin prisa, y muy pronto el paisaje apareció en el papel que tenía ante él. Casi había terminado cuando una voz surgió de entre los matorrales que tenía detrás.
“Muy bonito, pintorcillo. ¿Pero qué harías si surgiese de los matorrales y te atacase?”
Yaichiro se detuvo solo un momento. “Te apuñalaría en el ojo con mi pincel,” dijo tranquilamente. “Y luego te maldeciría por arruinar mi dibujo. Saludos, Gempachi.”
Daidoji Gempachi se rió y anduvo hasta la cresta de la colina, mirando hacia la lejanía. Era de una estatura normal, pero muy musculoso, y tenía el pelo negro y muy corto. “Siempre tiene una rápida respuesta.”
“Y eso es bueno. Imagínate en cantos problemas nos hubiésemos metido esa noche en el Festival de las Flores de los Cerezos si no fuera así.”
“No necesariamente,” dijo Gempachi. “La geisha del Faisán Dorado hubiese podido decir algo bueno de nosotros. Nos dejamos bastante dinero allí.”
“No creo que sea inteligente contra con algo así. ¿Y si el otro hombre se había gastado más?”
“¿Esa noche? No creo que hubiese sido posible.” Gempachi abrió las manos, poniendo fin al tema. “Pero he venido a darte las gracias, no a discutir contigo.”
“¿Darme las gracias?” Dijo Yaichiro. Miró a su amigo con expresión de leve curiosidad en su cara. “¿Qué es lo que me tienes que agradecer?”
“Bien hecho,” dijo Gempachi. “Uno nunca sabría al mirarte que cuando llegué esta mañana al campamento se me informó que me ascendían al rango de gunso y que me ponían bajo el mando del Chui Daidoji Yaichiro.”
“O, eso,” dijo Yaichiro, sonriendo levemente. “Solo recomendé a un hombre de fiar que ha regresado recientemente de entrenar con los Cangrejo para un puesto para el que estaba bien cualificado. No me merezco que me des las gracias por cumplir con mi deber.”
Gempachi se rió. “Tu obligación parece ser conseguir un largamente buscado ascenso para un viejo amigo.”
“Una coincidencia, aunque bienvenida. Pero hablé con el propio Doji Masaru-sama, y el estuvo totalmente de acuerdo con mi recomendación.”
Hubo un momento de silencio. “Doji Masaru,” dijo Gempachi, dando a la primera palabra un leve énfasis. “¿Ha estado alguna vez en Kosaten Shiro?”
Yaichiro detuvo su trazo, algo confundido por la pregunta. “¿Y quién no lo hizo? Ha hecho,” se corrigió a si mismo. “¿Por qué lo preguntas?”
Gempachi se sentó junto a su amigo y bajó la voz. “Cuando volvía de las tierras Cangrejo, mi camino me llevó cerca de Kosaten Shiro. Ahí entró en contacto conmigo un magistrado de nuestra familia que investigaba el asunto del seppuku de Doji Ran. Tenía unas preguntas sobre las Tierras Sombrías que esperaba yo pudiese contestar.”
“A Ran la culparon de negligencia en sus obligaciones durante el ataque,” objetó Yaichiro, su voz igual de baja. Siguió pintando. “¿Qué tienen que ver las Tierras Sombrías con eso?”
“La cosa que se hace llamar Daigotsu Rekai era prisionera en Kosaten Shiro,” dijo Gempachi, su voz un susurro. “El verdadero crimen de Ran fue permitir que escapase.”
Una fea raya negra se pintó en el papel mientras Yaichiro miraba asombrado a su amigo. “¡Eso no es posible!”
“Yo tampoco quise creerlo, pero sabía que el magistrado no solo era honorable sino que además se podía confiar en él. Había escuchado ese relato de uno de los soldados de Ran, que había confiado en él antes de cometer seppuku. Y como magistrado quería saber como la gran vergüenza de nuestra familia llegó a ser encarcelada en uno de nuestros castillos, sin que lo supiese el Señor Kikaze.”
Yaichiro miró hacia otro lado, incapaz de mantener su cara bajo control. Volvió a abrumarle todo el dolor y la pena que había sentido la primera vez que escuchó que Daidoji Rekai había caído, junto al grasiento y amargo sabor de la traición. “Los Doji lo hicieron,” dijo. “Los Doji han hecho esto.”
“Una Doji hizo esto—Doji Ran,” le corrigió Gempachi. “Pero Ran no tenía un puesto tan elevado como para hacer esto ella solo, y no sabemos quien estaba tras ella. Fuese quien fuese, eligió Kosaten Shiro—y a los Doji no les faltan castillos.”
“No fue un Daidoji,” dijo Yaichiro.
Gempachi se encogió de hombros. “Si lo fue, que los Cielos se apiaden de él. Kikaze no lo hará.”
El silencio cayó entre ambos. Yaichiro miró a la ruina en que se había convertido su dibujo, lo puso a un lado y empezó a recoger sus cosas.
“No sé porque te preocupas por eso,” dijo Gempachi, encantado de empezar un nuevo tema. “No conozco a ningún otro Daidoji que disfrute con eso. Deberías haber nacido Kakita.”
“Me gusta pintar, y estos dibujos pueden serle útiles al general,” dijo Yaichiro. “Y me ayuda a ver con claridad. No hay razón alguna por la que los mapas tácticos no puedan ser también agradables a la vista.”
“Pero tus dibujos no servirán para nada cuando perdamos nuestro vagón de equipajes. Recuerdas lo que pasó en Momozono Mura, ¿verdad?”
“¿No servirán para nada?” Repitió Yaichiro. “Ya lo veremos cuando empiece la batalla. ¿Pero le dirías eso a un cerezo en flor?”
Gempachi arqueó una ceja y sonrió.
“Suspiramos por flores de
cerezos pero las dejamos
las mujeres son mejor, “ dijo.
•
El suelo era pedregoso y estaba sembrado con barrancos y pequeños accidentes. Yaichiro lo había pintado en un día soleado y lo recordaba cubierto de una pequeña capa de césped y respingonas y delicadas flores salvajes. Ahora tanto el césped como las flores habían desaparecido, aplastadas por hombres luchando y muriendo. El sol también se había ido, cubierto por nubes grisáceas que amenazaban lluvia. Contempló la batalla, notando admirado que la general Dragón estaba usando su conocimiento superior de las llanuras del Corazón del Dragón para su ventaja. El ejército Grulla, aun así, parecía estar manteniendo su posición simplemente rechazando retroceder de allí. Yaichiro cambió su agarre sobre su yari y rezó para que pudiera encontrar la muerte con la misma resolución que los hombres frente a él estaban mostrando.
Gempachi permanecía junto a su amigo, mirando la batalla con diferentes ojos. No había nada que temer allí excepto el acero empuñado por los hombres, y el Muro le había enseñado que no había nada que temer en absoluto. Tanto como se lo permitía el caos reinante seguía las evoluciones de guerreros individuales, intentando conseguir comprender como luchaba un Mirumoto, y como era más fácil matarle.
“La señal,” dijo Yaichiro. Indicó a un oficial montado gritando órdenes a las unidades a su alrededor. “Nos movemos ahora.” Inhaló aire profundamente. “¡Honor para nuestro clan!” gritó.
“¡Muerte a nuestros enemigos!” rugieron a la espalda de Gempachi el resto de sus hombres.
•
La tierra estaba sembrada con pedruscos de todos los tamaños. Yaichiro serpenteaba entre ellos, demasiado exhausto para preocuparse por la lluvia que caía. No tenía idea de cuanto llevaba luchando; las horas habían fluido continuadas en una mezcla de miedo, fango y rabia. Su yari había desaparecido, y no podía recordar cómo lo había perdido. Esperaba que lo hubiera dejado en un Mirumoto, y no yaciendo en el suelo en cualquier parte. Su botella de agua también había desaparecido, y su garganta sufría por la sequedad. Echó atrás su cabeza, abrió su boca y bebió de la lluvia.
Después de unos minutos se sentó ligeramente. La lluvia no había hecho nada más que humedecer su boca, pero eso tendría que ser suficiente por ahora. Aproximadamente un cuarto de sus hombres seguía con él, el resto abandonados a la muerte o el caos. El Dragón finalmente había tenido éxito en empujar la línea Grulla, y con el desorden resultante había perdido el sentido de donde estaba. Mientras estudiaba los alrededores Yaichiro cayó en la cuenta con sorpresa de que era el área que había estado pintando mientras hablaba con Gempachi. Sonrió levemente para sí mismo y estaba a punto de llamar a su amigo cuando un movimiento fue captado por su ojo. Se quedó congelado y miró más cuidadosamente. En la parte más alejada del campo un grupo de samurai Mirumoto se movían cautelosamente hacia un barranco. Yaichiro trazó el camino del barranco en su memoria y se dio cuenta que llevaría a los Mirumoto alrededor de la batalla y de vuelta tras la líneas Grulla, cerca de su puesto de mando. Su mente se quedó helada ante tal cosa y sabía que debía hacerse.
“¡Gunso! ¡Con cuidado!” llamó en voz baja.
Gempachi gateó una roca y se detuvo a un brazo de distancia. En algún momento había perdido su kabuto y había sido herido en la cabeza. Estaba vendada y había dejado de sangrar, pero el dolor era implacable. “¿Chui?” dijo débilmente.
“Hay un grupo de samurai Dragón intentando atacar nuestro puesto de mando.”
“¿Y eso? ¿Qué vamos a hacer con ellos?”
La mente de Yaichiro estaba perfectamente serena y en calma. “Vamos a morir.”
“Oh,” dijo Gempachi. “Bien, si eso es todo... reuniré a los hombres.” Retrocedió.
Yaichiro volvió su atención a la tierra, y mientras su unidad se reagrupaba buscó el punto en que quería atacar a los Mirumoto. Cuando el último samurai Dragón desapareció en el barranco los Grulla se levantaron y corrieron.
•
La cima de la colina había sido despejada de cadáveres, y las lluvias habían limpiado toda la sangre. Yaichiro estaba sentado de nuevo en su cima, mirando al norte. El calor del sol suavizaba el dolor de la herida de espada en su brazo izquierdo, pero no hacía nada por el dolor de su corazón.
“¿Vas a dejar de fruncir el ceño en algún momento?” preguntó Gempachi. Estaba recostado sobre un pedrusco cercano, con los ojos entornados por el sol. El corte en su cabeza se había cosido limpiamente y estaba sanando en una prominente cicatriz.
“¿Vas tú a dejar de mirarme sonriente como un idiota?” dijo Yaichiro.
Gempachi se sentó, atento a la amargura en la voz de su amigo. “¿Por qué no debería sonreír? Estoy vivo. Mi mejor amigo está vivo. Mi oficial al mando ha sido reconocido por su heroísmo en la batalla, y parte de esa gloria recae sobre mí. ¿Cual es el problema?”
“Perdimos la batalla,” dijo Yaichiro. “El Dragón se ha retirado, no de nosotros, sino de ellos.” Movió su cabeza hacia el campamento al oeste, donde los estandartes con el mon del León se agitaban con el viento. “Deberíamos haber muerto en aquel barranco – ellos habían enviado una segunda oleada de hombres que podrían habernos barrido y continuar hacia el puesto de mando. Pero vieron venir la primera de las unidades León, y se retiraron en lugar de eso.”
“¿Y?” dijo Gempachi, encogiéndose de hombros. “Cuando un granjero es atacado por ratones, coge un gato y se olvida de ello.”
“¿Y qué es eso? ¿Qué el Dragón tema la fuerza del León y no la nuestra no te importa?”
“Dicen que los samurai Mirumoto pasan parte de cada día meditando. Este invierno mientras los niños del León estén comiendo arroz de la Grulla y los niños del Dragón estén comiendo piedras, podrán meditar sobre la fuerza.”
Yaichiro parpadeó, su rostro se volvió pensativo. “Nunca pensé en el arroz como fuerza. Parece... impropio, de alguna forma.”
“Vete a vivir al Muro una temporada,” dijo Gempachi. “Los comandantes Cangrejo no pierden el sueño preocupados por la fuerza de sus samurai, sino por la fuerza de su cadena de abastecimientos. El Dragón debería haber dedicado más pensamiento a la suya antes de empezar una guerra con nosotros.”
“Has cambiado,” dijo Yaichiro. Estaba sonriendo ahora. “Has vuelto del Cangrejo iluminado.”
“Iluminado,” dijo Gempachi con una risa. “Ese es mi premio tras una noche en el mundo del sauce.”
“Ahora que el Dragón se ha ido, Nanashi Mura está abierta para nosotros,” dijo Yaichiro pensativo. “He oído que hay una casa de geishas que el mismo Shogun solía visitar.”
“¿De veras?”
Yaichiro afirmó y se puso en pie. “Y si era suficientemente buena para él, probablemente lo sea para nosotros. Vayamos a ver si nuestra nueva gloria nos consigue papeles de viaje para la ciudad.”
por Nancy Sauer
Editado por Fred Wan
Traducción de Mori Saiseki y Bayushi Elth
No hay comentarios:
Publicar un comentario