25.9.06

La Batalla en la Tumba - Primera Parte

Toshi Ranbo, la Ciudad Imperial, año 1160
Las celebraciones de fuera habían alcanzado un nivel enfervorizado. Nunca antes había habido un festival o ceremonia que hubiese resultado en ese júbilo entre la gente de Toshi Ranbo. En el último siglo, los ciudadanos de esta a menudo sitiada ciudad pocas veces habían tenido rezones para celebrar, ya que su hogar era a menudo presa de los asedios y de la guerra. La ciudad había cambiado de manos entre León y Grulla más de diez veces solo en el último siglo, y la cuenta de cuantos cambios habían tenido lugar antes de eso era algo discutido por ambas partes.
Ahora, la ciudad estaba en un proceso de reconstrucción como nunca antes se había visto, y eso solo era un gran logro. En un acuerdo sin precedentes, los Campeones León y Grulla habían ofrecido la ciudad para que fuese la nueva Capital Imperial, y juraron defenderla juntos de cualquiera que la amenazase. Así fue como había llegado a ser la nueva Ciudad Imperial, reemplazando la grandeza y la tragedia que una vez fue Otosan Uchi, y aquí fue donde el más reciente Emperador de Rokugan, el hombre anteriormente llamado Hantei Naseru, había sido coronado Emperador Toturi III. Incluso ahora, mientras estaba en el balcón observando las celebraciones que había en la calle, Naseru no pudo evitar sonreír. Gran parte de los últimos años solo habían sido tiempos difíciles para el pueblo de Rokugan. Le alegraba que ahora, aunque solo fuese durante un tiempo, pudiesen olvidar los sufrimientos que habían dominado sus vidas.
"Hay pocos hombres que puedan decir que han tenido a un Emperador entre sus alumnos," dijo una voz que le era familiar, frágil por la edad. "Me enorgullece ser uno de ellos."
Naseru se volvió, su sonrisa aumentando. "Y hay menos aún que puedan decir que su sensei estaba vivo en la época de los Kami. Me honra poder decirlo."
"Una broma sobre mi edad," dijo simplemente Ide Tadaji. "Veo que la dinastía de vuestro padre prospera." La cara del viejo mostró una sonrisa mientras se arrodillaba. "Me honra poder seguir a vuestro servicio, mi Emperador."
"Levanta, por favor," dijo Naseru. "Nunca tendrás que inclinarte ante mi, Tadaji-sensei."
"Si, tengo que hacerlo," dijo Tadaji. "Me honra más de lo que podéis pensar el que me digáis algo así, mi Emperador, pero no debéis hacerlo. Por vuestro bien."
La sonrisa de Naseru vaciló. "¿Qué quieres decir?"
"Quiero decir que ahora sois Emperador. Debéis tratado con reverencia en todo. Permitir que otro no lo haga, incluso vuestros mejores amigos y aliados, incluso vuestra propia familia, menoscabará vuestro reinado. Eso no se puede permitir jamás, y por ninguna razón."
Naseru ladeó la cabeza con curiosidad. "Ese consejo no parece tuyo, Tadaji-san."
"Es una lección universal," dijo Tadaji asintiendo. "Una que con el tiempo todos los Emperadores deben aprender. Solo quiero evitaros la incomodidad que conlleva esa lección."
"Yo soy el Emperador," dijo Naseru. "Se decidió entre los hijos de mi padre, y fue bendecido por los Cielos. Nuestro enemigo en las Tierras Sombrías ha sido derrotado, y las disputas entre los clanes han acabado. No hay descontento entre mi pueblo. Es un tiempo de paz, igual que hubo en los días del reinado de mi padre."
Tadaji sonrió con tristeza. "Veis el pasado con ojos de juventud," musitó. "¿Paz? Apenas hubo paz en los tiempos de vuestro padre. Quizás durante un tiempo, ya que la Guerra de los Clanes, la Guerra contra la Oscuridad, y la Guerra de los Espíritus dejaron simplemente a los clanes sin recursos para librar más guerras. Si el reinado de vuestro padre hubiese continuado, se hubiese enfrentado a las mismas luchas que os esperan a vos."
"Habrá paz," insistió Naseru.
"Deseo más que nada que eso pudiese ser verdad," dijo melancólicamente Tadaji. "¿Pero de verdad lo creéis ?"
Naseru se quedó en silencio durante un tiempo. "Deseo creerlo," dijo finalmente. "Deseo creer que todos los sacrificios que he hecho, que todos los que murieron bajo por mis órdenes, significarán la paz para el pueblo de Rokugan."
"Espero que un día esas cosas ocurran," dijo Tadaji. "Y quizás durante un tiempo sea así. Pero la simple verdad, una que nunca os ha sido dada es está: el que consiguieseis el trono ha sido quizás la parte más sencilla de vuestro viaje, mi señor. Los tiempos más difíciles aún los tenéis delante vuestra. Deberéis hacer sacrificios aún mayores, y al mismo tiempo no podéis permitir que vuestro carácter u honor tengan el menor atisbo de duda. Las amenazas frontales son fácilmente lidiadas, pero pocas veces os enfrentaréis a ellas. La sutileza será el arma que vuestros enemigos usarán contra vos, y ante eso deberéis moveros cuidadosamente entre bastidores y no permitir que los otros vean algo."
El Emperador sonrió irónicamente. "Palabras poco reconfortantes escucho de mi consejero."
"Y no por eso son menos verdad," continuó Tadaji. "Habéis hecho cosas siniestras para llegar hasta aquí, ¿verdad?"
"Demasiadas," admitió Naseru en voz baja.
"No las suficientes," le corrigió Tadaji. "El número de actos así que os veréis forzado a cometer ahora será innumerable. Antes, teníais aliados y enemigos que podían ser manipulados. Ahora, solo tenéis servidores y enemigos. Vuestros enemigos serán más peligrosos, y vuestros servidores se gastarán contra ellos como piedras en una partida de go." El viejo agitó la cabeza. "Observé como se vio forzado vuestro padre a hacer muchas veces esos sacrificios. Le pesaron mucho, pero vos habéis llevado esa carga toda vuestra vida. Seréis más fuerte ."
"Mi padre," dijo Naseru. "No puedo creer que él jamás tomase las decisiones que yo me he visto forzado a tomar para llegar hasta aquí. Era un hombre de un honor irreprochable."
"Todos los Emperadores toman decisiones difíciles," insistió Tadaji. "Toturi las escondió de los demás. Comprendía que el trono nunca debe parecer ensuciado, sea cual sea las amenazas a las que se enfrente. Aquellos que desafiaban simplemente… desaparecían. Nadie supo nada." El viejo levantó las palmas de sus manos, como si pesase algo. "Considera la diferencia con vuestro primer sensei, Hantei XVI. Él se aseguró de que todo el mundo conociese lo despiadado que era, y el precio que pagó fue muy alto."
"Apariencias," dijo simplemente Naseru. "Había pensado que el Emperador estaba sobre ese tipo de preocupaciones."
"Nadie lo está, especialmente el Emperador." Tadaji se detuvo un momento, golpeando con el dedo su mentón. "Pensad en esto por un momento. Entre vuestros partidarios había los que pensaban que erais digno de gobernar porque llevabais el nombre Hantei. Ahora que lo habéis descartado, y justamente en mi opinión. ¿Qué hay de esos partidarios vuestros? ¿Os mirarán con el mismo fervor ahora que habéis disuelto el pacto que vuestro padre hizo con el Crisantemo de Acero?"
"Mi primera proclama se recordará como la de un rompe juramentos." Naseru miró otra vez hacia el balcón. "Esperaba que ese tipo de cosas ya las habría dejado detrás. Supongo que una estúpida esperanza."
"¿Estúpidas?" Musitó Tadaji. "Quizás. Pero solo son un indicador de vuestro carácter. Estáis más preparado para ser Emperador que cualquier hombre vivo, Toturi-sama. Vuestro padre se sentirá orgulloso del legado que construiréis para vuestros hijos."
Naseru continuó mirando hacia el balcón. "¿El que habla es el amigo, Tadaji? ¿O el servidor?"



Los Jardines Imperiales, año 1166

Era raro que el Emperador pudiera dejar a un lado sus preocupaciones diarias y pudiera disfrutar de un pequeño momento de tranquilidad en solitario en los jardines Imperiales. Todas las especies de plantas presentes en el Imperio estaban representadas, incluso una amplia variedad de especies de las islas Mantis y un puñado de exóticas flores que el Unicornio trajo de sus viajes más allá de las fronteras de Rokugan. Shugenjas al servicio del palacio aseguraban que el clima en los jardines era siempre primaveral, así que uno siempre podía encontrar delicadas y preciosas flores incluso cuando una ligera nevada estaba cayendo sobre ellas, como ahora. Si había alguna serenidad en el palacio, estaba contenida en los jardines.
Que trágico, entonces, musitó Naseru, que fuera falsa.
Hubo un susurrante ruido tras él. Naseru sonrió levemente pero no se giró. En su lugar, tomó asiento en uno de los varios tableros de go distribuidos por los jardines. "De todas las cosas que admiro de ti, Sunetra, creo que quizás tu impecable puntualidad es mi favorita."
La joven Escorpión que permanecía cerca no dijo nada, esperando en silencio. Su grueso abrigo oscurecía virtualmente cualquier detalle sobre ella, aunque el brillante azul de sus ojos podía entreverse vagamente incluso con la pobre luz.
"Puedes hablar," dijo Naseru. "Es seguro aquí." Hizo un gesto hacia el suelo, donde los círculos rituales para duelos de taryu-jiai, el método tradicional de duelos shugenja, estaba inscrito en el suelo.
Sunetra contempló el círculo. "Estas inscripciones no son como las que hay en el resto del palacio."
"Muy bien," dijo el Emperador. "En la que tu estás, y las que rodean donde yo estoy sentado, son únicas. Mi hermano las diseñó, y un bastante brillante y incuestionablemente leal shugenja creó un código único para asegurar que nadie pueda descifrarlo."
La Escorpión pensó por un momento. "¿En qué medida creéis que el personal de vuestro palacio está involucrado?"
"No puedo saberlo con certeza, pero cualquier involucración es demasiada," respondió Naseru.
"¿Podemos fiarnos de estos círculos?" continuó Sunetra. "El código puede ser roto."
"Improbable."
"El shugenja que creó el código pudo dejar escritos, o pudo haber sido obligado a revelar las claves."
Naseru meneó la cabeza. "Lo admito, pero puedo asegurar que algo así no ha podido ocurrir."
"Ya veo," dijo Sunetra, inclinando su cabeza respetuosamente. "¿Cómo puedo serviros, mi Emperador?"
"He estado muy preocupado últimamente, Sunetra," dijo Naseru, su expresión volviéndose sombría. "Cuéntame de nuevo tu derrota en la Torre Ensombrecida."
Sunetra frunció el ceño. "Fue en la villa de Pokau. Golpeamos simultáneamente todos los recursos identificados de la Torre, incluido el alojamiento de su maestro oculto en la ciudad. Vi morir a Atsuki con mis propios ojos, golpeado por mi agente Kamnan."
"¿Estás segura de que está muerto?"
"Completamente," respondió Sunetra de inmediato. "Vi como lo cortaba en dos."
"¿Confías en Kamnan?" preguntó en voz baja Naseru. "¿Crees a Atsuki incapaz de preparar cualquier clase de engaño avanzado para conseguir exactamente lo que viste?"
Sunetra comenzó a decir algo, pero se detuvo. Lo pensó por un momento. "Hice... inspeccionar sus restos. No había indicación de ningún tipo de que fuera un duplicado o un impostor. Estoy tan segura como puedo estarlo con un hombre como Atsuki."
"Reconfortante," dijo Naseru, rascándose la barbilla. "Y ahora, estoy menos seguro. Dime que sabes del Gozoku."
"Una conspiración política de hace varios siglos," dijo Sunetra a su vez. "Conspiraron para reducir al Emperador a un títere, pero fue desmontado por la Emperatriz Yugozohime." Frunció el ceño profundamente. "Atsuki estaba entre los líderes originales de la conspiración," añadió con un deje de vergüenza en su voz.
"Así era de hecho," confirmó Naseru. "Últimamente he visto varios signos que me preocupan enormemente. Temo otra conspiración semejante que crece entre nosotros incluso mientras hablamos. ¿Piensas que es una extraña coincidencia, Sunetra, que algo así ocurra tan pronto desde la supuesta muerte de Atsuki?"
Sus rasgos se congelaron como si fueran piedra. "Parece extremadamente improbable," dijo suavemente.
"Coincido," respondió Naseru. "Creo que puede estar aún vivo, y que es parte importante de esta incomodidad." Dirigió una torva mirada hacia la Campeona del Escorpión. "Me has fallado, Sunetra."
Ella se arrodilló de inmediato. "Mi fallo es imperdonable," dijo. "Permitidme limpiar el honor de mi familia, mi Emperador."
"No seas ridícula," dijo cortante. "No descarto a mis vasallos tan descuidadamente. Tienes habilidades excepcionales, y el honor de tu familia no es nada comparado con mis necesidades."
Ella le miró, confusa. "¿Qué es lo que queréis de mi, Toturi-sama?"
"Necesito tus talentos únicos. No hay nadie que pueda competir contigo en habilidad."
"¿Y vuestro vasallo ronin?"
Naseru sonrió. "Yamainu es útil, de eso no hay duda, pero no moriría por mi. Mata, sí, con gran entusiasmo y eficacia. ¿Pero moriría por mí? No es tal su naturaleza. Por eso, hay cosas que no puedo confiarle a él. Ahí es donde entrarás tu."
"Así será," dijo ella a su vez. "Estoy a vuestras órdenes, como siempre ha sido."
"Eres mi mano oculta," dijo Naseru. "Tienes tres meses para dejar tus asuntos cerrados. Pasado ese tiempo, cederás tu posición como Campeón del Escorpión a un sucesor de tu elección. Simplemente desaparecerás. Serás una criatura de las sombras, y llevarás a cabo cualquier tarea desagradable que te encomiende."
Sunetra palideció levemente, pero inclinó su cabeza. "Si ese es vuestro deseo, así será."
"Lo que pido es excesivo, lo se," dijo él. "Te estoy condenando a una vida de soledad y vacío. No tendrás aliados, ni camaradas. Morirás sola, olvidada y sin nadie que llore. Y traicionarás todo lo que consideras amado, sin reserva, a cualquier orden mía. ¿Entiendes lo que te estoy ordenando hacer?"
"Lo entiendo," dijo en voz baja.
"Muy bien," replicó él. "Puedes ofrecer tus servicios a tu nuevo Campeón, si quieres. Cuando no estés en una tarea encomendada por mi, podrás ayudar a tu clan en la forma que consideres apropiada. Eso te lo permitiré. Cuando te llame ante mí, sin embargo, me responderás de inmediato, sin importar las consecuencias para el Escorpión. ¿Entendido?"
"Perfectamente."
"Excelente. Entonces dedícate a tus asuntos como te he instruido. Una vez que la transición de poder haya finalizado, infórmame de la misma forma que esta noche. Tendré más información en ese momento, y tu caza de Atsuki comenzará de nuevo."
Sunetra se puso en pie y se inclinó profundamente, entonces se giró para irse.
"Esto no es ninguna clase de castigo," dijo Naseru a su espalda. "Simplemente es necesario."
"Por supuesto, mi Emperador."



El Palacio Imperial, año 1166


El Emperador caminaba por los pasillos de palacio, las manos metidas en las mangas. Su cara era adusta y demacrada, y todos los que escuchaban su llegada se apartaban para darle privacidad. Andaba con decisión, evitando cualquier pasillo que le hiciese encontrarse con alguien, hasta que llegó a sus habitaciones. No le causó ninguna sorpresa el descubrir que alguien esperaba su llegada, aunque si le sorprendió algo su identidad. "No deseo ver a nadie ahora, Sezaru," dijo.
"Como deseéis, mi señor," dijo Isawa Sezaru con una reverencia. "Acabo de enterarme de la noticia. Deseaba ver si estabais bien."
"¿A qué noticia te refieres?" Preguntó Naseru con expresión perversa. "¿La noticia de que uno de los antiguos amigos de nuestro padre ha muerto? ¿La noticia de que los Fénix han estado ocultando una ciudad llena de peligrosos artefactos? ¿O quizás la noticia de que los Portavoces de la Sangre ahora tienen muchos de esos artefactos en sus manos? La verdad es que no puedo elegir solo una. Las encuentro todas igual de interesantes."
Sezaru se inclinó. "Entiendo vuestra ira, Toturi-sama. No sabía de la existencia de la ciudad escondida o me hubiese asegurado de que vos también os enteraseis. Descubriré que otros secretos han ocultado los Fénix, si ese es vuestro deseo."
"No," dijo Naseru. "Si te entrometes en sus asuntos, parecerá que lo haces porque yo te lo he mandado, y yo pareceré aún más ignorante. Eso no es aceptable."
"Por supuesto. No quería ofenderos."
Naseru hizo un gesto, obviando el comentario. "No dudo de tus motivos, Sezaru. Nunca lo he hecho. ¿Cómo progresa la lucha contra los Portavoces de la Sangre?"
"No tan bien como yo desearía," admitió Sezaru. "Cada vez que destruimos uno, otro se esconde más entre las sombras. Les destruiré, pero llevará tiempo."
"Haz lo que debas, pero no te entretengas," ordenó Naseru. "Cada día se vuelven más fuertes, y más caen bajo sus cuchillos."
"Hombres como Toku-sama," dijo Sezaru en voz baja. "Su vida valía más que la de todos los Portavoces de la Sangre que han vivido."
"Nunca he conocido a un hombre tan verdaderamente virtuoso," admitió Naseru. "Tan exento de engaño o rencor. Era único, y ahora se ha ido."
"Construye un altar en su memoria, hermano," dijo Sezaru, dejando a un lado las formalidades por primera vez, que recordase Naseru. "Recuérdale como lo habría hecho padre." El shugenja se puso la máscara en la cara y se inclinó. "Regreso a la batalla, mi Emperador." Con eso, simplemente desapareció.
Naseru se quedó en la entrada durante varios minutos, considerando las palabras de Sezaru. Toku debía ser recordado, de eso no había dudas. Lo que no se le había ocurrido es que el gran general aún podía hacer un último servicio a la dinastía Toturi, en la muerte igual que lo había hecho en vida. La única cosa cierta era si el espíritu del padre de Naseru podría descansar fácilmente sabiendo que su hijo había usado la muerte de su gran amigo para promover su propia agenda.



La hacienda de Seppun Toshiaki, año 1167

El viejo Toshiaki cerró el panel tras él, deslizándolo. Los sirvientes se habían ido ya esa noche, como él les había ordenado. Tras un día como el de hoy, tan lleno de tensión y estrés, necesitaba soledad para sobreponerse a su inevitable frustración. El té que había especificado estaba preparado justo como él había ordenado, y sorbió delicadamente de la taza. Parecía que el chef más reciente había finalmente dominado sus bastante específicas necesidades culinarias. Por eso, al menos, estaba agradecido. Se había cansado bastante de pasar de uno a otro buscando un chef que fuese algo competente.
No fue hasta que no se estaba sirviendo su segunda taza que no se dio cuenta de que había algo raro. La sensación era sutil, como enmascarada. Toshiaki dejó la taza con expresión irritada. Alguien había perturbado sus habitaciones. Quizás un sirviente que no tenía permiso, o uno de sus múltiples enemigos. En cualquier caso, alguien había perturbado la inviolabilidad de su hogar, y habría repercusiones. Toshiaki no había llegado a mandar la Guardia Oculta gracias al poder político, y si alguien creía que era un objetivo fácil para sus interferencias, pronto encontrarían que su ira era terrible.
Hubo un soplido, y de repente Toshiaki estaba ciego, sus ojos quemándole y lloraba incontrolablemente. Dio un grito ahogado y levantó una mano, diciendo una rápida oración a los kami y soltando un rayo que destrozó madera al otro lado de la habitación. Algo golpeó al viejo shugenja en un lado de la cara, algo metálico y blandido con fuerza excepcional. Toshiaki escuchó como se le rompía el mentón, y balbuceó de dolor.
Algo fue vertido sobre la parte inferior de su cara. Era líquido, pero espeso y caliente. Ató sus labios como un sello de cera, pero cuando intentó quitárselo con los dedos no consiguió arrancarlo. El mal olor era increíble. Otro líquido fue vertido sobre su cara, pero esta vez solo era agua. Sus ojos se aclararon, pero no pudo liberar su boca del compuesto que rápidamente se endurecía y que la obstruía.
Tenía a un hombre ante él, vestido con la raída túnica de un ronin. Su cara llena de cicatrices y con pelos canosos no mostraba expresión alguna, y Toshiaki vio como se metía una pequeña botella en su obi. El viejo intentó débilmente coger la daga que siempre tenía en el cinturón. Su oponente el miró con expresión enfadada y le dio un golpe hacia un lado a la daga antes de que el shugenja pudiese desenvainarla. Con su otra mano, el ronin agarró el pelo del viejo y golpeó con fuerza su cabeza contra la superficie de la mesa. El dolor que sintió en la cabeza fue increíble, y el renovado dolor de su roto mentón amenazó con abrumarle completamente.
El ronin le empujó al suelo y puso un pie en su cuello. "Escucha bien," siseó, su voz poco más que un susurro. "Tengo un mensaje para ti, y me llevó una eternidad memorizarlo entero. Si interrumpes, tender que volver a empezar. Y sufrirás por ello." Aclaró la garganta, y luego empezó. "'Hola, viejo amigo. Siento no haber podido venir en persona, pero por supuesto comprendes que eso no es posible. Apenas eres el adversario que me imaginé que eras. Creía que eras un hombre de verdadero poder, pero no eres nada más que un espía y un peón. Tu bochorno en el funeral del General te ha convertido en inútil para tus señores, y por ello ya no me sirves. Has sido una irritación para mi, Toshiaki, y ahora he decidido que ha llegado el momento de acabar con esa irritación. Consuélate con que, en la muerte, solo te queda un único uso para mi.'"
Con eso, el ronin quitó el pie de la garganta de Toshiaki, permitiendo al viejo que llenase sus pulmones con grandes resollos a través de la nariz. "Una vez que el mensaje ha sido entregado, mi trabajo es simple," continuó el ronin. "Debo asegurarme de que los que conspiraron contigo comprenden el destino que les espera." El hombre se arrodilló junto a Toshiaki y blandió un cuchillo. La hoja brilló en la tenue luz, igual que su siniestra sonrisa. "Mi destino," dijo con una sonrisa de satisfacción, "es servir."


Por Shawn Carman

Traducción de Bayushi Elth & Mori Saiseki

19.9.06

Surgiendo de las Cenizas

En algún lugar de las montañas de las provincias del norte Fénix
Un solitario samurai Fénix se arrodillaba, inmóvil, en medio de los bajos matorrales, la mirada fija. Era al norte hacia donde dirigía su atención, a una grieta en las montañas. Estaba creada de tal forma que era apenas visible a no ser que se la estuviese buscando, que era lo que estaba haciendo Shiba Jouta. Era estrecha, apenas lo suficientemente ancha como para que un hombre entrase dentro. Necesitaba ser más ancha, por supuesto.
Un leve roce en la manga de Jouta rompió su meditación. Miró hacia su izquierda, donde un guerrero vestido con una túnica marrón muy remendada estaba agachado junto a él. El hombre no había estado ahí un momento antes. “Este es el lugar que buscáis,” susurró.
“Quizás,” contestó Jouta. “La información de tu benefactor aún no se ha mostrado incorrecta, pero cuestiono cualquier fuente que no pueda identificar.”
“Su nombre importa poco,” contestó el ronin. “Todo lo que importa es que la información que da os puede beneficiar, y a vuestro clan también.”
Jouta miró de reojo a su camarada, enfadado. “Agradezco tu ayuda de estos últimos días, Motaro, y respeto tu habilidad con la espada, pero no cometas el error de creer que confío en ti. No se me gana tan fácilmente como a mis primos.”
El hombre encapuchado miró seriamente a Jouta. “¿Teméis que os traicione?”
“Si va a haber traición, solo será tras terminar la tarea que tenemos por delante,” dijo Jouta. “Tu señor no te hubiese enviado si no le beneficiase hacer esto.”
El hombre llamado Motaro miró tranquilamente a Jouta. Sus ojos eran lo único que se podía distinguir claramente sobre la deshilachada máscara de tela que llevaba por encima de la parte inferior de su cara. “¿No debería hacerse? ¿No lo exige el bushido?”
Jouta se volvió hacia la grieta y frunció el ceño. “Si,” dijo con severidad.
Motaro asintió, y después vaciló. Por un momento, Jouta vio verdadera sinceridad en sus ojos. “¿Pensáis que los niños aún están vivos?”
Más de una docena de niños habían desaparecido de las aldeas Fénix al sur de allí. Niños campesinos. No se le había dado mucha importancia al asunto. Después de todo, algunas veces los niños huían. Pero una de las aldeas tenía un magistrado que se había ocupado de investigar, y hacía dos semanas había sido asesinado. Eso había atraído la atención de los superiores de Jouta, y le habían enviado a investigar el asunto. “Eso espero,” dijo. “Habrá una matanza si les han hecho daño.”
“Si,” dijo Motaro, repentinamente su voz muy fría.



La grieta de la montaña era lo suficientemente ancha como para que entrase un hombre, pero muy justo. Jouta y Motaro se acercaron con cautela, temiendo ser descubiertos en cualquier momento. Pero no parecía haber ningún vigía. La sensación de alarma en la parte de atrás de la mente de Jouta crecía por momentos. Parecía que estos no eran bandidos normales, y un enemigo poco convencional era uno que no sería fácilmente predecible. Jouta puso mueca de preocupación al mover una gravilla suelta. El sonido pareció resonar sin descanso. Normalmente, el joven Fénix se consideraba un guerrero grácil, pero durante la última semana había descubierto que no sabía nada sobre la verdadera gracia. No como el fantasma que se movía tras él.
La grieta continuaba mucho más de lo que Jouta se había imaginado, y aunque no podía estar seguro, creía que les llevaba gradualmente hacía debajo de los picos que se estrechaban sobre ellos. La luz se volvió más tenue hasta que parecía que descendían hacia una noche sin luna. Acababa de decidir que se debían dar la vuelta cuando escuchó un leve ruido resonando desde las profundidades de la grieta.
Jouta se quedó inmóvil, levantando la mano para hacerle una señal a su compañero ronin. Intentó entender que era el sonido, distorsionado como estaba por su propio eco. Jouta no podía estar seguro, pero parecían voces. Como cánticos. “Este lugar,” dijo Jouta en un muy leve susurro. “Algo hay terriblemente raro en este lugar.”
Motaro asintió. Señaló hacia dentro de la grieta, y luego movió la mano ante su cara y agitó la cabeza. El significado estaba claro.
Jouta asintió y le hizo una señal al otro hombre para que esperase. Abrió la bolsa que llevaba a la cadera y con delicadeza metió la mano en ella. Hubo un tenue tintineo, y sacó una botellita de cristal, solo medio llena de líquido. Suavemente, el Fénix destapó la botella y levantó la botella de arcilla con agua que llevaba en la otra cadera. Cuidadosamente permitió que tres gotas de agua cayesen en la botella de cristal, donde le líquido empezó a cambiar de color. Para cuando Jouta había vuelto a colocar el agua en su cadera, la pequeña botella de cristal había empezado a brillar muy tenuemente. Era suficiente como para ver en la oscura grieta, aunque no iluminaba mucho más.
Motaro miró la botella con expresión de incredulidad. Miró al Fénix con los ojos relucientes.
“Ahora no,” susurró Jouta. “Debemos darnos prisa. Siento que tenemos poco tiempo.”
Los dos hombres resumieron su cauteloso avance por la grieta. No fue hasta casi una hora después de haber entrado en la oscuridad cuando llegaron a su destino. Jouta casi se delató al empezar a dar un paso en otra curva de la grieta, pero Motaro le cogió fuertemente del hombro. Por primera vez vio la pálida y casi verdosa luz que brillaba en la roca. Puso suavemente la pequeña botella en el suelo, esperando volver a encontrarla antes de que se luz se apagase completamente. Asintiendo a su compañero, cautelosamente dobló la esquina para descubrir la respuesta al misterio que llevaba buscando desde hacía semanas.
La escena ante él era como algo sacado de una pesadilla. La grieta acababa en una amplia cueva muy debajo de las montañas, con solo una delgada grieta en el techo que podría llevar al aire nocturno, mucho más arriba. La cueva estaba llena de altas y retorcidas espirales de piedra negra, quizás obsidiana, que casi parecían formar extraños y obscenos símbolos. La única luz en la cueva era pálida, con un casi imperceptible tinte verde, e irradiaba de una gran roca que estaba en el centro de la cueva. Alrededor de esta luminosa piedra estaban colocados los niños perdidos, todos atados y aparentemente dormidos. ¿Estaban drogados? ¿Muertos? Jouta no lo sabía. Solo sabía que si se había derramado su sangre, la limpiaría con la sangre de sus asesinos. Pero, a pesar de ver a los niños ene se estado, eso no era alo peor.
Hombres, o posiblemente cosas que solo parecían hombres, estaban por toda la cueva. Incluso en la tenue luz, Jouta podía ver que su piel estaba casi totalmente cubierta de gruesas y retorcidas marcas negras, similares en muchos aspectos a las rocas negras. Parecía que se movían en las sombras, aunque Jouta no estaba totalmente seguro de eso.
Motaro se movió un poco, como si se prepara para moverse. Jouta le agarró por la manga y le sujetó con fuerza. Por la forma en que se movían los cantores, era obvio que las sombras eran como su hogar. Incluso la tenue luz de sus piedras parecía hacerles daño. No, la oscuridad no era lugar donde luchar contra hombres como estos, ni siquiera para un guerrero como Motaro. Jouta volvió a meter su mano en su bolsa, sacando dos pequeñas botellas atadas juntas por una gruesa cinta de seda. Miró al ronin y se tapó los ojos con una mano. Cuando Motaro asintió, Jouta se giro y lanzó con todas sus fuerzas ambas botellas a la cueva.
Acertó. Las botellas aterrizaron a menos de cincuenta centímetros de la roca brillante y se rompieron. Los dos líquidos que contenían se mezclaron, y hubo un repentino y brillante destello cuando los elementos que había dentro se mezclaron. El cántico se paró al instante y de repente la cueva se llenó de un coro de gritos. Los hombres retrocedían como si se hubiesen quemado. Jouta vio que era su oportunidad, y atacó.
Mientras corría, el joven guerrero desenvainó sus espadas. De niño había mostrado gran aptitud con la espada, pero su iracundo y tempestuoso temperamento le había hecho enfrentarse de inmediato a sus hermanos y primos. Los Shiba eran una familia de filósofos-guerreros, dedicados a la paz allí donde fuese posible. A Jouta no le interesaban esas cosas, y por eso le habían enviado a que le adoptasen los Dragón para que aprendiese sus costumbres, esperando que las tradiciones monásticas de ese clan atemperasen su espíritu ya que los Fénix no podían. Habían tenido éxito, pero solo parcialmente. Además de una fascinación por los extraños elixires alquímicos que producía la familia Tamori del Dragón, Jouta también había vuelto de las montañas Dragón con la habilidad de dejar casi siempre a un lado su naturaleza violenta. Pero siempre surgía en las batallas, y era en momentos como este cuando Jouta la abrazaba totalmente.
Los dos primeros hombres a los que mató Jouta ni siquiera se habían empezado a recuperar de su ceguera antes de que les abriese en dos. Luchó por entre los hombres como un depredador al que le han soltado en un corral de animales. Escuchó los susurros de los extraños cuchillos de lanzamiento de Motaros cuando hacían blanco una y otra vez. En algún lugar en su interior se preguntó de donde había salido el extraño ronin, pero en su mayor parte, su mente estaba solo llena de la batalla.
“¡Hereje!” Gritó alguien. “¡Blasfemo! ¿Sabes lo que has hecho?” El hombre que estaba en el centro de la cueva saltó entre los dos hombres y atacó a Jouta sin armas. El Fénix se lanzó a un lado, pero el golpe le golpeó en el hombro, durmiendo su brazo hasta la punta de sus dedos. “¡Llevará meses volver a empezar el ritual! ¡Beberé tu alma por esto!”
Por un momento, Jouta vaciló. Había escuchado las divagaciones de muchos enemigos en los campos de batalla, pero durante un breve momento creyó que la amenaza de este hombre era genuina. Se volvió a tirar hacia un lado, evitando un segundo golpe. Increíblemente, escuchó la roca romperse donde el hombre la había golpeado. “¿Qué eres?” Preguntó.
“¡Basura indigna!” Chilló el hombre. “¡Soy Bunrakuken, Profeta de Luna Muerto! ¡A través de mi voluntad y de mi fé volverá a surgir Onnotangu! ¡Tras su renacer se dará un festín con las almas que yo le ofrezca! ¡Almas de estúpido como tú!”
Jouta dejó que la batalla le consumiese, sus ojos muy abiertos y con mirada salvaje, su expresión de puro odio y violencia. Los dos hombres dieron vueltas alrededor de ellos mismos durante un largo momento, cada uno intentando aplastar la defensa del otro y destruirle. Jouta infligió varias heridas, ninguna de las cuales pareció notar Bunrakuken. El corrupto monje también golpeó otra vez a Jouta, pero este no dejó que el dolor le afectase. Ya lo sentiría después, si sobrevivía.
Al final, no estuvo seguro de como había vencido. El monje gritó con una ira primitiva y se lanzó hacia delante, sus manos levantadas como si fuese a aplastar el cuello del guerrero Fénix. En vez de eso, Jouta se le acercó, y golpeó arriba y abajo al mismo tiempo. Su wakizashi se clavó hasta la tsuba en el cráneo del monje, y su katana desapareció en el estómago del hombre.
Jouta se quedó inmóvil durante un momento, respirando entrecortadamente. Con un gruñido, arrancó sus espadas del cuerpo de su oponente muerto, y luego se puso en pie mientras la sangre corría por las hojas y se mezclaba con el polvo y la tierra que había en el suelo de la cueva. “Se ha acabado, Jouta,” dijo en voz baja Motaro. “Los niños aún viven.” Durante un momento, el Fénix no dijo nada, y Motaro continuo. “Encuentra tu equilibrio, Jouta. Dicen que la venganza es un pecado.”
Que extraño que no lo sintiese pecaminoso.



Nikesake, centro de la alianza Grulla-Fénix

La hacienda Shiba en Nikesake era extremadamente modesta, manteniendo la filosofía de la familia. Mientras que el castillo que estaba en el centro de la ciudad era inmediatamente obvio para todo el mundo, la hacienda donde los Shiba mantenían sus barracones y asuntos personales era difícil de localizar a no ser que se supiese exactamente que se estaba buscando. Era quizás este grado de anonimato lo que lo hacía uno de los lugares favoritos de Mirabu, el Campeón del Clan Fénix, para llevar sus asuntos personales.
Mirabu miró los pergaminos una última vez, y luego levantó la vista. “Los niños,” preguntó. “¿Entonces todos sobrevivieron?”
“Hai, mi señor,” contestó Jouta con una rápida reverencia. “Les estaban preparando para algún ritual. Los monjes, si es que se les puede llamar así, necesitaban vivos a sus cautivos.”
“Entonces es afortunado que intervinieses cuando lo hiciste,” dijo Miraba, asintiendo con aprobación. “¿Dónde está el ronin al que mencionan tus informes? ¿Motaro, verdad?”
Jouta agitó la cabeza. “No lo sé. Desapareció en cuanto sacamos a los niños de la cueva donde les encerraban los monjes.”
“Encuentro algo cuestionable su participación en este incidente,” observó Mirabu.
“Igual que yo, mi señor, pero no discuto el beneficio de su ayuda. Sin él, podría no haber encontrado a tiempo a los niños.”
“Entonces debemos dar gracias a las Fortunas que nos enviasen esa ayuda, fuese donde fuese que proviniese.” El Campeón frunció el ceño ante una anotación en el informe del samurai. “Explícame como tu y este Motaro llegasteis a buscar a los niños en las montañas del norte.”
“Estaba el asunto de varias desapariciones cerca de Morikage Toshi,” explicó Jouta. “Yo estaba entre los que habían enviado a investigar. Mi grupo descubrió… supongo que se podría llamar un templo, escondido en la ciudad. Era obsceno, dedicado a la adoración del Señor Luna.”
“Extraño,” observó Mirabu. “El Señor Luna cayó de los cielos hace casi cincuenta años. Habría pensado que todos los que le adoraban habrían muerto hace mucho tiempo.”
“Fuerzas sobrenaturales frecuentemente prolongan las vidas de aquellos que les sirven,” observó Jouta. “Desafortunadamente, lo hemos visto muchas veces.”
“Demasiadas,” estuvo de acuerdo Mirabu. El Campeón miró hacia otra mesa en la sala donde un montón de pergaminos le esperaban. Se volvió hacia Jouta con expresión resignada. “Entonces, ¿el templo es donde encontraste a Motaro?”
“Si,” continuó Jouta. “Estaba investigando también el asunto. Se le detuvo, pero acabó siendo verdad su afirmación de que las familias de los desaparecidos le habían pagado para que buscase respuestas. Nos contó todo lo que había descubierto, incluyendo los pergaminos que entregó para que fuesen descifrados. Luego él y yo continuamos nuestra investigación, que con el tiempo nos llevó hasta las montañas del norte.” Señaló al pergamino. “El resto está todo ahí, mi señor.”
“Bien hecho, Jouta,” dijo agradecido Mirabu. “Muy bien hecho. Desafortunadamente, me temo que los pergaminos que descubrió tu compañero ronin no han conseguido nada más que proponer más preguntas.”
“¿Qué?” Preguntó Jouta. “No lo entiendo.”
Mirabu recogió otro pergamino de su mesa y se lo ofreció al joven. “Su código fue descifrado por unos de nuestros mejores shugenja, alumnos de Asako Bairei. Contiene en su mayor parte divagaciones teológicas, pero hay bastantes referencias a ‘siniestros adversarios’ y ‘blasfemos’ que habitan en una ‘ciudad en el bosque.’ No estamos del todo seguro que significa.”
“Una ciudad en el bosque,” dijo Jouta en voz baja. “¿No creéis que hablen de la Ciudad de las Lágrimas?”
“Esperamos que no,” dijo Mirabu. “En cualquier caso, hemos enviado hombres a investigar.”
“Me gustaría unirme a ellos, mi señor,” dijo al instante Jouta.
Mirabu sonrió. “Ya han emprendido viaje a la ciudad, Jouta-san. Cuando regresen, te unirás a ellos. Sea lo que sea que encuentren, habrá más cosas que hacer en este asunto, y quiero que estés entre los que están en primera línea de este asunto.”
Jouta no pudo contener su sonrisa, pero también se inclinó profundamente. “Gracias, mi señor. Me siento muy honrado.”



En lo más profundo de los bosques Isawa

Había sido unas décadas atrás, durante un periodo de guerra contra una entidad malvada llamada la Oscuridad Viviente, cuando los Fénix habían realizado un ritual para llevar cinco ciudades a través de las fronteras de los reinos de los espíritus hasta el mundo de los mortales. Cada una de esas ciudades estaba alineada con uno de los elementos, y la Ciudad del Agua había entrado en el reino de los mortales en la región más profunda del inmenso bosque que había en las provincias Isawa. Desafortunadamente, los lacayos de la Oscuridad Viviente ya habían infestado la ciudad y asesinado a los honorables espíritus que allí vivían, y luego fueron a su vez matados en venganza por sus asesinatos. Por ello, la Ciudad del Agua era una tumba, un lugar de pesar y luto, y aunque los mapas del Emperador la llamaban Mizu Mura, solo era llamada la Ciudad de las Lágrimas por aquellos que la conocían. Los Maestros Elementales declararon sacrosanta la ciudad, y se la dejó en paz dentro del bosque.
Los magistrados Fénix avanzaron hacia la ciudad con reverencia, abriéndose camino a través del espeso bosque como mejor podían. En el mejor de los casos era terreno difícil. No se hablaban entre ellos; ya se habían dicho antes todo lo que había que decirse, y estaban de acuerdo en que no debían perturbar este sagrado lugar. Cada uno sabía lo que había que hacer al llegar, y habían aceptado la responsabilidad con el honor y humildad que era correcto para un guerrero del Clan Fénix.
El gunso al mando de la unidad se giro para asegurarse que sus hombres le seguían a su ritmo, y luego se volvió hacia la difuminada y antigua senda que seguían. Para su sorpresa, había un hombre en camino donde solo un momento antes no había habido nada. El hombre estaba vestido con un resplandeciente gi rojo y naranja, la vestimenta tradicional de un monje, y se inclinó profundamente ante los guerreros. “Saludos, nobles hijos de Shiba,” dijo en voz baja. “Soy Asako Makito, monje de la Ciudad de las Lágrimas. ¿Por qué habéis venido a este lugar?”
El gunso frunció el ceño. “Me habían dicho que nadie vivía en la ciudad, por orden de los Maestros Elementales.”
“Los Maestros no ordenan sobre la Hermandad, amigo mío,” contestó el monje. “¿Cuál es el propósito de vuestra visita?”
El ceño fruncido del gunso no desapareció, pero asintió respetuosamente. “Perdonadme, hermano, pero nuestras órdenes son de conducir una investigación en la ciudad. Es un asunto de gran importancia.”
Makito se inclinó. “Siento no poder permitir tal cosa, Shiba-sama. Las meditaciones de mis hermanos han continuado sin interrupción casi desde que la ciudad apareció en nuestras tierras. No podemos romper nuestras meditaciones, o nos arriesgamos a que la ciudad vuelva a caer en la tragedia.”
“No tengo más que respeto por ti y por tu orden,” contestó el gunso, “y te aseguro que nuestra interrupción será mínima. No puedo darme la vuelta. Mis órdenes son claras.”
La expresión del monje se suavizó. “Eso es lamentable.”
“Estoy de acuerdo,” dijo el gunso. “Pero lo que debe hacerse no puede ser evitado.”
“En eso, estamos totalmente de acuerdo,” dijo Makito. Puso sus dos manos contra su pecho, las palmas hacia dentro, y cerró los ojos, exhalando lentamente.
“¿Qué estás haciendo?” Preguntó con cautela el gunso.
“Asegurando la paz,” dijo el monje. Sus ojos se abrieron de repente, y echó las manos hacia afuera. El gunso solo tuvo un breve momento para ver la sangre surgiendo de la palma de la mano del hombre. Se giró para gritar a sus hombres, pero era demasiado tarde.
Fuego negro salió rugiendo de la cortada palma de la mano del hombre para bañar a los Shiba. En un instante, tanto ellos como el bosque que les rodeaba se vieron reducidos a sangre y cenizas.



La Cámara de los Maestros Elementales, bajo Kyuden Isawa

La cámara de piedra muy debajo de Kyuden Isawa era austera y fría, pero los hombres y mujeres que habían estado dentro de ella en los últimos mil años no necesitaban comodidades materiales. La gran mesa de piedra que allí había era muy antigua y casi indestructible, habiendo sido rota solo una vez en toda la historia y reparada poco tiempo después para impedir que algo así volviese a suceder. Ahora, como tantas veces en el pasado, los que estaban sentados alrededor de la mesa decidirían el destino de todo el clan.
“¿Entonces no hay preguntas?” Preguntó Isawa Ochiai. La diminuta Maestra del Fuego lideraba el Concilio a pesar de su relativa juventud. Su comportamiento, siempre tranquila, ocultaba el poder que tenía bajo sus órdenes. “¿Tus hombres han sido destruidos?”
“No puede haber otra respuesta, Ochiai-sama,” contestó Shiba Mirabu. El Campeón Fénix no se sentaba a la mesa, estaba de pie cerca de la entrada y se dirigía al Concilio como podría hacerlo un demandante. “No regresaron, y todos los intentos de los shugenja para determinar donde están han fracasado.”
“La Ciudad de las Lágrimas es un lugar místico, fuertemente alineada con la magia del Agua,” observó Asako Bairei. “Es posible que la propia potencia de los espíritus que hay allí ofusque todos los intentos de descubrir a los que hay allí dentro.” La tendencia del nuevo Maestro del Agua era cuestionarlo todo, aunque su simpatía y brillantez impedía algo que esta cualidad irritase a los demás.
“Deseo fervientemente poder creer eso, Bairei-sama,” contestó Mirabu. “Pero los hombres llevan más de una semana de retraso, y les elegí por su precisión y adherencia a las órdenes. Si no han regresado, es por una razón. Y con todo mi respeto, no encuentro que la idea de que la ciudad pueda esconder a los que estén dentro de ella sea nada reconfortante.”
“Debo estar de acuerdo con Mirabu-san,” dijo Isawa Nakamuro. El Maestro del Aire había cedido el liderazgo del grupo a su hermana Ochiai debido a su inminente boda con una daimyo del Clan Dragón. “Esto es un mal presagio. Ningen-san, me gustaría escuchar lo que piensas, si es que piensas algo del asunto.”
El extraño hombre llamado Shiba Ningen asintió lentamente. Como Maestro del Vacío, podía ser considerado el más poderoso de los Maestros, aunque muchos lo refutarían. “He estado viajando mucho durante los últimos meses,” dijo Ningen. “He estado revisando la correspondencia con Isawa Sezaru, y que él diga que hay una oscuridad creciendo entre nosotros me ha preocupado mucho. He hablado con muchos de la familia Agasha esperando encontrar a uno que comparta con su anterior daimyo el don de profecía, pero hasta ahora no he encontrado nada. Pero creo que la amenaza existe.”
“Quizás deberíamos llamar a Sezaru-sama para hablar del asunto,” dijo Isawa Emori. El Maestro de la Tierra era el miembro más reciente, su predecesor habiendo caído en batalla unos pocos meses antes. “Quizás juntos podamos construir algo comprensible.”
“No,” dijo de repente Mirabu. Se inclinó rápidamente. “No quería mostrar falta de respeto, honorables Maestros, pero últimamente Sezaru-sama se ha vuelto más problemático. No quiero que se involucre en este asunto, si puede evitarse.”
Ochiai levantó una ceja. “Mirabu-san, ¿quieres sugerir que el hermano del Emperador puede estar de alguna manera involucrado en esto?”
“En absoluto,” dijo con énfasis el Campeón. Miró interrogativamente a la Maestra del Fuego. “¿Sugerís, Ochiai-sama, que consideráis a Sezaru completamente fiable en su actual condición?”
Ochiai no contestó, y la sala cayó en un incómodo silencio hasta que Emori volvió a hablar. “Entonces quizás sería mejor que investigásemos este asunto personalmente. Ochiai-san, ¿te gustaría dar un romántico paseo por el bosque?”
La Maestra del Fuego frunció un poco el ceño. “Este no es el momento para bromas lascivas.” Un momentáneo brillo en sus ojos la hizo añadir, “Y creo que mi nuevo yojimbo haría el viaje mucho menos interesante de lo que te puedes imaginar.” Se volvió hacia los otros Maestros. “Bairei, ¿si la Ciudad de las Lágrimas se pudiese usar para ocultar cosas a los que no están en ella, quién de entre los Fénix podría tener un poder suficiente como para manipularlo así? ¿Quién se beneficiaría más de vivir allí dentro? ¿Quién podría ser el mayor riesgo para nosotros?”
Bairei cerró los ojos durante un momento, pensando profundamente. “Hay muy pocos con conocimientos y poder sobre el Agua para hacer una cosa así,” dijo en voz baja. “Solo puedo pensar en una que pueda tener esa habilidad, pero encuentro inverosímil y preocupante la idea de que ella tome esa senda.”
“Debemos saber, Bairei,” insistió Nakamuro.
“Muy bien,” dijo Bairei, levantándose. “Visitaré ahora mismo a Asako Kinuye.”



Muy al sur de las tierras Fénix

El hombre algunas veces llamado Motaro desmontó y se estiró, poniendo un gesto de dolor cuando los huesos de su espalda crujieron por llevar tanto tiempo montando. Recogió un pequeño saco de dentro de las bolsas que llevaba su caballo, desatando los nudos con mucho cuidado para evitar la aguja envenenada que estaba escondida en ellos. Una vez abierto el saco, el hombre se quitó la máscara de tela de la cara y la tiró a un lado. Del saco sacó una máscara de metal y se la puso sobre la parte inferior de su cara. Sacó algo más del saco, algo blanco, y lo metió discretamente en su obi.
“Bienvenido, amigo mío,” dijo una suave voz. Él pudo escuchar la sonrisa en su tono sin darse la vuelta. “¿Confío en que todo fue como estaba previsto?”
“Hai,” contestó. Ató otra vez la bolsa al caballo, y luego se dio la vuelta y se inclinó profundamente. “Todo es como deseabais que fuese.”
“Eres totalmente fiable,” dijo ella amablemente. “Cuéntamelo.”
“La secta está acabada,” explicó. “Jouta y yo nos infiltramos en el templo. El ritual que describisteis aún no había empezado, pero parecía que estaban preparándose para empezar. Nos enfrentamos a los cultistas. El Fénix derrotó a Bunrakuken.”
“¿Hubo sobrevivientes?” Preguntó ella.
“Quizás tres o cuatro, nada más. Los cazaré para vos si así lo deseáis.”
“Eso no será necesario,” contestó ella. “Su orden está rota. Es el precio de su fracaso.”
Él frunció el ceño. “¿Fracaso?”
“Si,” contestó ella. “Su orden cayó en la oscuridad décadas antes de que muriese el Señor Luna. Eran débiles de voluntad y estúpidos que fueron trastornados por Fu Leng y la Oscuridad Viviente. Solo ahora, décadas después, se les ocurre intentar resucitar el poder del Señor Luna. Eran una fracasados patéticos en todos los aspectos.”
Él agitó la cabeza. “¿Cómo sabéis esto?”
Shosuro Maru sonrió. “Tengo mis vías, Muhito. Es mejor que no lo sepas.”
La frente arrugada de Muhito no se relajó, pero se inclinó profundamente. “Como deseéis, mi señora.”


por Shawn Carman
Editado por Fred Wan

Traducción de Mori Saiseki

Eventos de Rise of the Shogun